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Millones de colombianos se fueron a la cama el lunes 29 de Diciembre con desasosiego y desesperanza. Millones de colombianos despertaron el martes 30 de Diciembre ilusionados y embriagados con una sensación de reivindicación a su lucha diaria.
Los primeros, empresarios y empleadores que, calculadora en mano, modelaban con angustia como navegar el inesperado elevado incremento al salario mínimo decretado por el presidente, y los segundos, los alrededor de cuatro millones de empleados beneficiados en el corto plazo por dicha decisión unilateral. Todos colombianos quienes, creo en su mayoría coinciden en su anhelo de vivir con paz, prosperidad y progreso.
La democracia es un modelo en el cual la mayoría escoge a sus líderes y delega en ellos el gobierno de un país. No somete la toma de decisiones importantes como ésta al voto popular, ni, por fortuna asume que el consenso de las masas es la manera correcta de hacerlo. Dicho juicio está idealmente delegado a expertos con la competencia para determinar las mejores soluciones a problemas complejos que impactan a millones de ciudadanos. Su labor no es hacer feliz a la mayoría, es, a riesgo de ser impopulares, analizar concienzudamente alternativas y sus consecuencias, y dar recomendaciones sensatas para el bien común, ahora y en el futuro.
Muchos expertos están vocalmente preocupados por la resolución del ejecutivo esgrimiendo múltiples razones técnicas: riesgo inflacionario, potencial reducción de competitividad del aparato productivo local, amenaza de pérdida de trabajos formales. Todas plausibles y todas alarmantes.
A mí adicionalmente me inquieta nuestra incapacidad de dialogar. El hecho de que por tercer año consecutivo los empresarios y el gobierno no puedan consensuar un aumento que nos beneficie a todos. Que proteja la capacidad de consumo del empleado y que estimule la creación de empleo. Que tome en cuenta las plegarias de los colombianos para quienes el salario no alcanza, y el de los empresarios que quieren ver sus iniciativas crecer: vender más y emplear más.
No me resulta difícil simpatizar con la madre que trabaja ayudando en el hogar y que lucha cada día por darle una vida mejor a su familia, con el obrero que cada mañana toma transporte público para laborar en la construcción del metro para sobrevivir, o con el almacenista que paga un programa de educación superior soñando con un mejor futuro. El salario mínimo lamentablemente en nuestro país no permite vivir con tranquilidad. Me alegra que puedan sentir esperanza, que se consideren vistos y que crean que hay un gobierno que los representa. Al mismo tiempo, me aflige que la manera de hacerlo no sopese la opinión de especialistas que investiguen como construir un país más rico, sostenible y productivo, donde las medidas no den pan para hoy y hambre para mañana.
La suerte está echada, los empresarios y empleadores tendrán que enfrentarse desde el primero de Enero a una base de costos súbitamente inflada sin una mejora inmediata de productividad. Producirán lo mismo a mayor costo, y para protegerse es previsible que tengan que recortar sus gastos a través de reducciones de personal. Ayudantes del hogar, obreros y almacenistas que lamentablemente se quedarán sin empleo. Triste pero realista.
El ejecutivo está facultado para tomar esta decisión, es su derecho y se lo dimos en las urnas. Si no estamos de acuerdo, mi recomendación entonces es que evaluemos con cuidado las opciones que nos presentan para elegir presidente el próximo año. Que busquemos a alguien que se sepa acompañar bien y que aprecie oír consejos. Que tome decisiones difíciles desapasionadamente y sin buscar aplausos. Una persona con la ambición de servir a Colombia desinteresadamente y de construir un país mejor para todos. Que ojalá, sepa y quiera dialogar con todas las orillas, con los empleados y con los que crean empleo, con los que coinciden con él y con los que no, con todos los colombianos.
Una operación triple propósito: recolectar caja que tape el malgasto desmedido y le de liquidez al gobierno en un año electoral para poder consolidar el modelo económico SSXXI de su propuesta constituyente