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Hay victorias diplomáticas que producen grandes titulares; otras, cuyo verdadero valor solo se entiende con el tiempo. La elección del colombiano Diego Mesa como próximo director ejecutivo y presidente del Global Environment Facility (GEF) pertenece a la segunda categoría. Podría ser recordada como la primera gran victoria diplomática del gobierno de Abelardo de la Espriella.
No se trata de un cargo burocrático internacional. El GEF es el mayor financiador público del mundo dedicado exclusivamente al medio ambiente. Desde su creación, ha aportado más de US$27.000 millones y movilizado otros US$155.000 millones para proyectos ambientales en países en desarrollo.
Hoy opera como mecanismo financiero de seis convenciones internacionales y sus donantes acaban de comprometer US$3.900 millones para el ciclo GEF-9. Que un colombiano presida esta institución importa.
No competimos con las grandes potencias en portaaviones o chequeras, pero sí podemos acumular influencia mediante instituciones.
Mesa llega al GEF cuando el debate ambiental deja atrás las declaraciones grandilocuentes y entra en una etapa exigente: la de la ejecución. El reto es convertir la protección de la biodiversidad, la transición energética, la adaptación climática y la conservación de los océanos en proyectos concretos. Colombia tiene mucho que ganar.
Somos uno de los países más biodiversos del planeta, pero aún enfrentamos dificultades para transformar ese patrimonio natural en desarrollo sostenible, inversión productiva y bienestar territorial.
Las elecciones multilaterales no se ganan solo con una buena hoja de vida. Exigen construir coaliciones, dialogar con gobiernos y lograr que países con intereses distintos converjan alrededor de una candidatura. Si, como ocurrió en este proceso, el respaldo de Estados Unidos resultó determinante para consolidar la postulación colombiana, estamos ante una señal temprana de lo que puede generar una relación pragmática entre Bogotá y Washington. Ahí aparece la primera victoria diplomática de Abelardo de la Espriella.
El nuevo gobierno entendió algo elemental: una buena relación con Estados Unidos no debe medirse por fotografías ni por comunicados cargados de adjetivos, sino por resultados concretos para Colombia. Conseguir respaldo para que un colombiano dirija una institución global de este nivel es precisamente ese tipo de resultado.
También fue decisiva la trayectoria de Diego Mesa. Según el propio GEF, durante su paso por el Gobierno impulsó reformas que movilizaron más de US$3.000 millones en inversión privada y aceleraron el despliegue de energías renovables en Colombia. Esa experiencia deja una lección: el país debe identificar sistemáticamente a sus mejores funcionarios, empresarios, académicos y expertos, y ayudarlos a competir por posiciones internacionales.
Cada colombiano que llega al BID, al Banco Mundial, al FMI, a las Naciones Unidas o a un fondo multilateral amplía la influencia nacional.
Durante demasiado tiempo confundimos política exterior con pronunciamientos. La verdadera diplomacia consiste en construir alianzas, ocupar espacios y acumular poder institucional. Diego Mesa ganó. Colombia ganó. Y si este es el comienzo de una diplomacia que mide su éxito por resultados y no por discursos, el gobierno comenzó con el pie derecho.
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Sin darse cuenta, el líder empieza a escuchar menos lo que necesita oír y más lo que los demás creen que quiere escuchar. El poder no da la razón; simplemente hace más difícil que alguien le diga que no la tiene