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El Caribe mueve más de 60,5% de las exportaciones del país, concentra 18% del empleo nacional y aporta 14% del Producto Interno Bruto. Pocas regiones tienen un peso tan determinante en la economía colombiana y, sin embargo, durante años la conversación ha girado más en torno a su potencial que a la forma de convertirlo en una ventaja plenamente materializada.
Durante décadas, el Caribe colombiano ha sido protagonista de múltiples estudios, diagnósticos y ejercicios de planeación que coinciden en una idea central: el talento, la ubicación estratégica y la capacidad productiva del territorio son evidentes. No obstante, también ha sido recurrente una inquietud compartida en la región: cómo lograr que esas visiones estratégicas se traduzcan en acciones concretas, sostenidas y con impacto real en la vida económica y social de los territorios.
En ese contexto, cobra relevancia fortalecer los enfoques de integración regional como una vía para avanzar hacia un desarrollo más articulado. Estrategias como Diamante Caribe, concebidas para conectar vocaciones productivas, infraestructura y capacidades territoriales, han aportado elementos valiosos para pensar el desarrollo con visión de largo plazo, sin perder de vista las particularidades de cada territorio ni la necesidad de actuar de manera coordinada.
La discusión no es nueva, pero sí plenamente vigente. En los últimos años también han surgido reflexiones complementarias como la idea de una Súper Ciudad Caribe que, sin pretender redefinir fronteras administrativas, invitan a pensar el crecimiento desde la cooperación entre las principales ciudades y regiones del Caribe. Más que modelos cerrados, estas aproximaciones comparten un mismo mensaje: integrarnos permite ganar escala, competitividad y relevancia en un entorno cada vez más exigente.
Este planteamiento adquiere aún mayor sentido cuando se observa el rol estructural del Caribe en la economía nacional. 60,5 % del total de las exportaciones del país se canalizan a través de las aduanas de la región, consolidándola como la principal puerta de Colombia al comercio exterior. A ello se suma una infraestructura estratégica en conectividad, con dos aeropuertos del Caribe ubicados dentro del top cinco a nivel nacional, lo que refuerza su papel como nodo productivo, logístico y comercial.
Como lo advirtió Michael Porter, “la prosperidad no se hereda, se crea”. Y se crea cuando los territorios deciden coordinarse y convertir sus ventajas en capacidades reales. El Caribe colombiano ya no puede darse el lujo de avanzar de manera fragmentada. Integrar esfuerzos, alinear visiones y actuar con sentido regional no es un acto de altruismo; es una decisión estratégica impostergable.
En ese camino, los próximos cuatro años de gobierno nacional serán determinantes. Será el periodo en el que se definan prioridades de inversión, se estructuren grandes proyectos y se consoliden o se pierdan oportunidades históricas para el desarrollo regional. Que el Caribe esté preparado, articulado y con una agenda clara marcará la diferencia entre aprovechar ese momento o volver a aplazarlo.
La historia no juzgará esta crisis por los discursos ni por las intenciones declaradas. La juzgará por sus consecuencias, y esas ya empezaron a contarse en muertos
Porque solo cuando el ruido baja y la máscara cae, aparece algo que hemos olvidado cultivar: una vida vivida con intención, no con reacción