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Colombia invierte recursos en escuelas y universidades, pero pierde capital humano sin que el sistema responda con resultados. Hoy ese diagnóstico tiene cifras oficiales y consecuencias económicas y sociales claras.
Un informe conjunto de las universidades Icesi, Javeriana y de Los Andes concluye que solo 13 de cada 100 estudiantes terminan la educación media con los saberes necesarios para avanzar en educación superior o incorporarse al empleo. Esta brecha en calidad condena a miles de jóvenes a trayectorias truncadas y a mercados laborales precarios.
Según el Ministerio de Educación, 335.000 estudiantes abandonaron el colegio en 2023, una de las cifras más altas de la última década, y más de 700.000 desertores se acumulan en dos años. En educación superior, apenas 43% de quienes ingresan a la universidad logra titularse. La deserción escolar es mucho más que una estadística.
El fenómeno tiene un impacto económico directo. Expertos del Laboratorio de Economía para la Educación de la Pontificia Universidad Javeriana estiman que la deserción le cuesta al país al menos $2,8 billones anuales, por la inversión pública y familiar desperdiciada y por la pérdida de productividad de jóvenes que quedan fuera del sistema laboral calificado.
La lógica es sencilla: educación incompleta significa menores ingresos, menor productividad y mayores brechas sociales. Un joven que no termina la secundaria limita sus oportunidades, aumenta el riesgo de informalidad y reduce su aporte al crecimiento. A nivel colectivo, la falta de capital humano frena la competitividad y perpetúa desigualdades, que se acentúan en el territorio.
El problema no es solo cuántos estudian, sino qué estudian y para qué. Persistir en modelos centrados en títulos tradicionales -como programas saturados de Derecho u otras profesiones con baja absorción laboral- sin vínculos sólidos con el mercado real hace que muchos perciban la educación como un costo sin retorno. Colombia hoy demanda técnicos calificados, programadores, especialistas en digitalización, energías limpias, manufactura avanzada y emprendimiento productivo.
Aquí cobra relevancia la educación dual, ligada a sistemas tecnológicos y orientada al trabajo real: formación que articule teoría y práctica en empresas, con certificaciones laborales y acompañamiento que facilite la transición del aula al empleo. Un sistema que enseñe a resolver problemas concretos. Además, fomentar la creación de empresa -no solo la acumulación de diplomas- puede reducir la deserción, elevar la productividad y formar emprendedores capaces de generar empleo.
La educación no puede ser un ritual sin consecuencias tangibles. Debe ser un puente real hacia oportunidades laborales dignas y competitivas. Reducir la deserción es invertir en el futuro económico y social del país: más competencias útiles, más empleo formal, menos pobreza y mayor crecimiento.
La educación no es un fin en sí misma, sino un medio poderoso para articular el talento con las necesidades productivas de Colombia. La deserción estudiantil es un costo oculto que frena al país.
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