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Analistas 19/02/2024

La era de la regulación digital

Sergio Clavijo
Prof. de la Universidad de los Andes

La llamada “Era Digital” venía con gran ímpetu desde 2010. Y esta se ha acelerado con la pandemia (2020) y la difusión de la inteligencia artificial (tipo ChatGPT en 2023). Dicha Era Digital contiene muchas aristas contradictorias y demandantes para todos sus actores: i) las firmas; ii) los reguladores; y iii) la sociedad como un todo (especialmente los educadores).

Arrancando con las firmas, estas han tenido que invertir grandes sumas. De una parte, están los desarrolladores para financiar proyectos de gran escala relacionados con escalabilidad del procesamiento informativo (ver Miller, 2021, “Chip War”). Y, de otra parte, aparecen los encargados de la implementación teniendo que desarrollar inmensas redes de manejo instantáneo de datos, incluyendo a Apple, Microsoft y Amazon, líderes en sus ofertas de datos en la nube.

A estas franjas de procesamiento y de implementación digital les ha ido bastante bien en rentabilidad en las dos últimas décadas. Gracias a ello hoy representan cerca de 30% del valor del índice accionario S&Poors-500 y han venido reportando valorizaciones que promedian doble dígito.

Pero la franja relativa a las “apps” que aterrizan esa Era Digital en “los nuevos negocios” ha tenido un desempeño menos homogéneo y, en varios casos, llevándolos a la quiebra, al no lograr rentabilizar dichas ideas. El caso más sonado en 2023 fue la quiebra de WeWork, pues ya tenía problemas de baja rentabilidad y la pandemia produjo oficinas desoladas, lo cual apuntilló su quiebra al registrarse una vacancia hasta de 16% en New York.

Otro caso emblemático de fracaso en rentabilidad ha sido el de Uber, con resultados disimiles en función de la reacción regulatoria a nivel de las principales ciudades. En California, por ejemplo, se ha exigido que esos conductores se conviertan en empleados con todas las prestaciones sociales; en Massachussets se aceptó la idea de que fueran temporales, con derechos parciales a seguridad social. Dependiendo del grado de “regulatory-hack”, esos negocios pueden llegar a reportar rentabilidades aceptables o no. Pero, además, estas “apps” tienen que enfrentar la creciente competencia que emana de las empresas de taxis ya establecidas (como en el caso de los Cabys).

Así, entender el marco regulatorio y la reacción político-social de quienes ya venían operando en esos sectores resultan ser las claves para visualizar qué tipo de apps y en qué lugares de ese mundo disruptivo digital lograrán ser negocios viables (ver Burfield, 2018, “Regulatory Hacking”). La experiencia indica que no se trata de evadir el marco regulatorio, sino de generar un adecuado equilibrio entre los intereses de aquellos establecidos (oferta ya existente) y consumidores con mayores exigencias (la demanda en creación de nuevos servicios).

El ídolo de los empresarios disruptivos venía siendo Musk, pues había logrado penetrar: i) el mundo de las comunicaciones con Twitter (¿acaso ya saturado?); ii) el transaccional (PayPal); iii) los carros eléctricos (Tesla); y iv) el transporte espacial (SpaceX). Pero, salvo por este último y gracias a su ventaja tecnológica, la rentabilidad de esos otros proyectos ha dejado de ser extraordinaria. La competencia tecnológica y los subsidios provenientes de China están asediando sus negocios de carros eléctricos y comunicaciones.

A nivel de los reguladores, el enfoque de Europa ha sido mucho más fuerte en su lucha anti-posición dominante (Phillippon, 2019) y se está haciendo sentir con particularidad en el mundo digital. Luego Apple y Microsoft han entendido que las estrategias de “open-source” y alianzas empresariales (no de tomas hostiles de competidores) pueden ser las claves para evitar que la regulación Estatal termine por frenar útiles desarrollos, especialmente en el plano de la inteligencia artificial.

Una de las preocupaciones centrales tiene que ver con el factor educativo a nivel individual y también el colectivo. En el caso individual escuchamos recientemente a los CEO que comandan las redes sociales disculpándose ante el Congreso de los Estados Unidos por el daño que han venido produciendo a los jóvenes mediante una premedita “adicción” a dichas redes sociales; además, de las serias dificultades que están teniendo para controlar los temas de pornografía infantil o difamación de terceros mediante montajes fotográficos.

Y a nivel colectivo el desafío de la inteligencia artificial está llevando a replantearse el papel tradicional de los educadores como expositores de material que hoy se recopila fácilmente, lo cual vuelve obsoleta esa porción educativa. De la misma manera se tiene una seria amenaza sobre la porción profesional que se dedicaba a recopilar datos históricos para armar casos judiciales o dar soporte en decisiones referidas a la salud o en las propias ingenierías.

Es difícil entonces predecir lo que estará pasando en este frente, pues los optimistas mencionan que la inteligencia artificial será un “igualador” entre países desarrollados y los emergentes. Pero esto carece de sustento, pues su acceso requerirá cada vez de mayor potencial tecnológico. Entretanto, los pesimistas continúan explayando el abanico de tareas que pasarán a ser realizadas por la inteligencia artificial “generativa” (aquella que no se limita a tareas de recopilación, sino que se pregunta transversalmente por problemas a resolver, ver Kissinger et al., 2019, The Age of AI).

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