Analistas

Globalización y colapso Trans-Pacífico

Baldwin (2016, The Great Convergence) había venido argumentando sobre la cuasi-irreversibilidad de la convergencia global a través de la profundización de los Tratados de Libre Comercio (TLCs). Allí argumentaba que: i) la rápida combinación del descenso en los costos del transporte; ii) la reducción de las tarifas arancelarias; y iii) la libre movilidad del capital había permitido una gran integración global de los factores de producción (capital y trabajo). En efecto, el Nafta (Estados Unidos, Canadá y México), la Unión Europea (totalizando casi 28 naciones) y las diversas Alianzas Trans-Pacífico en Asia apuntaban todos hacia dicha “irreversibilidad” global en los finales del Siglo XX.

Sin embargo, en la alborada del Siglo XXI los acontecimientos políticos han puesto en seria duda esa hipótesis integradora de Baldwin. Por ejemplo, la llegada de Trump a la presidencia de los Estados Unidos en enero de 2017 tiene a todo el mundo haciendo cábalas sobre la profundidad de sus acciones anti-comercio global. Ellas podrían impactar negativamente la expansión de la industria automotriz hacia México o de la telefonía-celular hacia China, al amenazar con mayor tributación y aranceles a las industrias que así lo hagan. 

Un segundo factor anti-TLCs ha tenido que ver con el Brexit, frenando seriamente la expansión de los servicios financieros globales desde Gran Bretaña (GB), con graves repercusiones sobre el comercio con la Unión Europea (UE). Esto podría llevar a la perdida de potencial de crecimiento del orden de 0,3% para la UE y de hasta 1% para GB. Tal situación es susceptible de empeorarse si tenemos en cuenta el ciclo político populista que recorre a toda Europa. Mientras el gobierno Italiano de Renzi tuvo que renunciar, en Francia las elecciones del 2017 estarán cifradas por el riesgo de un “Frexit”.

Esta combinación anti-establecimiento y anti-TLCs ha llevado a frenar la expansión del Acuerdo Trans-Pacífico (TPP), al reversar Trump las señales de apoyo que había dado Obama a tan importante proyecto. Anteriormente, el pivote comercial de Occidente aparecía representado por el bloque Nafta, de una parte, y por la Alianza del Pacífico de América (Chile, Perú y México, con la dolorosa exclusión de Colombia), de otra parte. La contra-partida de Asia incluía (ni más ni menos) que a Australia, Japón, Malasia y Vietnam, entre otros. Posteriormente se tenía la idea de vincular a China al TPP, pero ahora las “bravuconadas” de Trump han cerrado esa opción y se teme que el maltrato “cambiario” o “arancelario” podría más bien acentuar la expansión intra-Asia (a través del Ftaap y del Rcep).

La ignorancia política y el desconocimiento de los delicados hilos del comercio internacional por parte de Trump estarán pronto inclinando la balanza a favor de China y del flujo intra-Asia, en detrimento de Estados Unidos. Esto no solo frenará el potencial de crecimiento en los Estados Unidos, sino que, en el corto plazo, tendrá efectos inflacionarios negativos, los cuales posteriormente (2018) tendrá que contrabalancear la Fed con alzas adicionales en sus tasas de interés.

La miopía política de Trump tampoco le ha permitido percatarse sobre la penetración económica que viene realizando China en América Latina. Por ejemplo, los flujos comerciales (X + M) se han triplicado en la última década, alcanzando los US$300.000 millones, con marcado beneficio para China. Chile y Perú se han vuelto “aliados” comerciales de China en el intercambio de productos mineros (cobre, hierro, estaño) por bienes manufacturados.

No deja de sorprendernos negativamente que Colombia no solo perdió el “tren” del TPP, sino que tampoco aparece (como sí lo hacen Chile, Perú y México) como países receptores de importante IED y de creciente comercio con China. Colombia, después de haber exportado cerca de US$5.200 millones en petróleo a China en 2014, tan solo logro vender US$1.100 millones en 2016 en productos minero-energéticos y sin mayor valor agregado. ¿Cuándo despertaremos al sol-naciente de Asia?