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Desindustrialización y accionar sobre agenda transversal

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Durante la reciente Asamblea de la Andi asistimos a un espectáculo de toma-y-daca que empañó la altura académica y el foco sobre la importancia de ahondar en ganancias en productividad, con miras a solucionar la grave problemática de la desindustrialización. Mientras el Gobierno y sus amanuenses tildaban al Presidente de la Andi de ser antiapertura económica y antiproceso de paz (ninguna de las cuales se ciñe a la verdad), el gremio erró al insistir en la creación de un Ministerio de Industria, de la misma forma que otros andan pidiendo un Ministerio de Seguridad Ciudadana, como si el expediente Estatal-Burocrático fuera parte de la solución. De hecho, Brasil, con casi 40 carteras ministeriales, nos indica que esa atomización de las decisiones gubernamentales puede agravar los problemas.

La primera tarea para empezar a solucionar la desindustrialización radica en reconocer la gravedad del problema que nos dejó la (ahora bien conocida) Enfermedad Holandesa (EH). Recordemos que, durante 2003-2004, la TRM se desplomó de niveles de $3.000/dólar hacia los $2.400/dólar, mostrando una apreciación de 20%, pero ello obedecía más a favorables términos de intercambio (petróleo subiendo de US$25 hacia US$40/barril) que a un auge de volúmenes (de hecho, los de petróleo caían de 500.000 a 250.000/bpd, aunque los de carbón subían de 30 a 50 millones de toneladas/año).  

Anif concluía en 2005 que se estaba confundiendo el arbitraje temporal de las transferencias de las remesas con una falsa hipótesis (prematura) sobre “enfermedad holandesa”. Ahora bien, durante 2006-2011 se dio una importante escalada tanto en los volúmenes de petróleo (pasando de 530.000 hacia los 915.000/bpd) como en los de carbón (hasta bordear los 85 millones de toneladas); pero, además, coincidió con un gran auge de los precios del petróleo (pasando de US$40 a los US$95/barril, salvo por la pausa de los US$70 en 2007). Ello propicio desplomes de la TRM hacia niveles promedio/año de $1.800/dólar, los cuales persistieron en esos niveles durante 2011-2013, implicando sobre-apreciaciones cambiarias reales del orden de 25%-30% (en el acumulado).

Esta fatal combinación de concentración exportadora en commodities (representando 75% de nuestra canasta) con la marcada apreciación cambiaria llevó a Anif a sonar las alarmas sobre la vigencia de una EH en Colombia durante 2011-2014.  Solo ahora Santos II ha venido a aceptarla como un leve “resfriado holandés”. 

Infortunadamente, los daños en materia de desindustrialización y el exagerado énfasis en actividades edificadoras se hicieron evidentes (con su correspondiente “burbuja”, afortunadamente no apalancada). Consideramos que el récord histórico del periodo 2009-2015 probó la validez de la hipótesis de EH.

Lo triste de esta historia es que tanto el Ejecutivo como diversos académicos hubieran querido desestimar los daños de la EH sobre la industria colombiana.  Por ejemplo, se recurrió al artilugio de pensar que era un problema contable generado por la “tercerización” de los servicios. Si bien ese ha sido un fenómeno global, en Asia (aún bajo un pronunciado “outsourcing”) se ha observado una creciente participación del Valor-Agregado Industrial respecto del PIB.  En cambio en Colombia hemos visto decrecer esta relación Valor-Agregado Industrial/PIB de niveles de 24% tres décadas atrás hacia 16% hace una década y actualmente se perfila al rango 9%-10%, en función del impacto amortiguador que pudiera jugar Reficar sobre la cadena de petroquímica durante 2016-2020.

Ojala que Colombia logre revertir esta desindustrialización en los próximos años como resultado de: i) superar el desalineamiento cambiario (gracias a la flotación cambiaria); ii) lograr la provisión de insumos e infraestructura de transporte a costos razonables y así permitir incrementar las exportaciones del agro y de la industria; y iii) mejorar la competitividad laboral a través de reducir los costos no salariales.
 

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