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La consolidación del capitalismo global (1870-1920) se caracterizó tanto por su espíritu innovador, aplicando la energía eléctrica a múltiples desarrollos, como por la lenta regulación estatal, especialmente en áreas laborales y políticas antimonopolios. Además, el Sherman Act solo se aprobó en 1890 y fue lenta su implementación. Hoy se registra este como el periodo de los “barones pillos” o de “la era de oro” de los monopolios del hierro, del acero, de los ferrocarriles, del petróleo y de los banqueros globales, los cuales entonces se contaban con los dedos de una mano.
Ese surgimiento económico se apalancó en avances de la Gran Bretaña victoriana y de la Francia de la Belle Époque. Los Estados Unidos aprovecharon la gran oleada de inmigrantes europeos, que representaba 20% de su población, provenientes de Alemania, Italia y Europa Central. Tras los estragos de su guerra civil (1861-1865), la reconstrucción del Este y la conquista del Oeste californiano fueron pivotes de gran modernización.
Los empresarios más destacados fueron entonces Andrew Carnegie (en mercados de hierro, acero y ferrocarriles); la saga de los Rockefeller (John D., Junior, y su hermano William, en mercados petroleros); y la saga de los JPMorgan (Junius, Pierpont y Jack, operando en los mercados globales, gracias a su temprana conexión comercial Londres-Nueva York), ver Chernow (2001, The House of Morgan).
Ya hemos relatado en otras ocasiones el crucial papel cumplido por JPMorgan durante esos mismos años, 1870-1923. Se trataba de tres generaciones asociadas a la llamada Casa Morgan: Junius, contratado por Peabody en 1854 como agente comercial en Londres; su hijo Pierpont, en 1879, tomando las riendas de los negocios ferroviarios; y su nieto Jack, en 1892, iniciando la transición hacia el banco de bancos comerciales que culminaría con la creación de la Fed de Nueva York en 1913, siendo JPMorgan su agente principal. Después vendría la era de los barones-banqueros, fungiendo como verdaderos cancilleres globales, especialmente durante el complejo periodo de entreguerras (1915-1939).

Ahora resulta interesante asomarnos a la increíble historia de Andy Carnegie (1835-1919), nacido cerca de Edimburgo, quien llegó a sus 12 años (1848) a Nueva York procedente de Escocia. Su familia de tejedores venía huyendo de la pobreza resultante de la modernización de telares, cuando Marx escribía “Manuscritos de 1844” y Engels alentaba la revolución obrera. Los Carnegie, activos huelguistas de la industria textilera, inspiraban tal emancipación.
De hecho, el ultrarrico Andy, posteriormente, se declararía “socialista” en 1880, aunque nunca lo pondría en práctica. Por el contrario, Andy se caracterizó por ser un empresario duro en el tratamiento salarial (nunca por encima del promedio industrial) e impulsó el regreso a la jornada de 12 horas diarias, a pesar de que la norma ya convergía a las 8 horas. Uno de los grandes nubarrones en su vida sería la prolongada y sangrienta huelga en su gran siderúrgica Homestead, en 1892, que generó un fuerte choque con los rompehuelgas de Pinkerton. Aunque a sus 70 años (1910) Andy declaró ante el Congreso de EE.UU. que nada tuvo que ver con ello, los récords indican que había aprobado implícitamente tal accionar.
Desde muy joven (32 años), Andy anunció que ninguna de sus riquezas sería heredable y adoptó una efectiva carrera por organizar esquemas de filantropía en múltiples frentes: educación básica, institutos tecnológicos, centros de investigación pura, observatorios espaciales, redes de bibliotecas públicas, teatros (el muy conocido Carnegie Hall, en Nueva York) y premios de todo tipo (por la paz global y “a la valentía”).
Al cumplir sus 50 años, Andy estaba casi retirado del seguimiento detallado de sus negocios, interviniendo solo en la consolidación de su conglomerado y en rápidos desembolsos a sus múltiples programas educativos. Sus principales criterios de distribución de recursos eran: no a instituciones religiosas; no discriminación étnica o religiosa; ayuda a universidades de mediano tamaño, pues las grandes ya contaban con “endowments”; y cubrir todo el espectro educativo, incluyendo esquemas pensionales de educadores.
Se le atribuye a Andrew Carnegie la originalidad de haber creado los verdaderos think tanks (no atados a universidades); los fondos de investigación pura (adelantándose a la creación presupuestal del National Science Fund); y, sobre todo, la creación del Fondo por la Paz Global (Carnegie Endowment for Peace) y los Tribunales Globales de La Haya. A estos últimos dedicaría sus dos últimas décadas (1889-1919), en medio de las turbulencias de la Primera Guerra Mundial.
Carnegie utilizó sus excelentes maneras para llegar a todos los gobiernos y partidos (se decía republicano), pero se enfrentó al imperialismo de Teddy Roosevelt y defendió la autonomía de Filipinas, Cuba y Nicaragua. Producto de estos sentimientos antiimperialistas, surgieron sus ideas de fondos pro paz.
Así que, como concluye David Nasaw (2006, Andrew Carnegie), es difícil no terminar con sentimientos enigmáticos sobre Andy, una vida llena de contradicciones. Y, sin embargo, la balanza de la historia se inclina fuertemente a favor de los beneficios que le dejó a la humanidad, aunque sus maneras empresariales no fueran “pro mercado”. Finalmente se impondría, durante 1920-1940, la regulación antimonopolios, impidiendo que pudiera replicarse la era de los “barones pillos” del periodo 1870-1920.
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