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Una terca discusión política

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En medio del debate electoral, los candidatos han insistido en que el espectro político actual no puede reducirse al antiguo antagonismo entre derecha e izquierda. El argumento generalizado se basa en que la complejidad actual de las discusiones políticas supera una clasificación binaria propia de la guerra fría, y por ello mismo, anticuada e inexacta. En el trasfondo se asoma el miedo a ser etiquetado en un lado del espectro que puede llevar a perder la favorabilidad de algunos votantes.

Por ello, declararse de centro, incluso de extremo centro, se convierte en una salida fácil. Sin embargo, las diferencias y tensiones políticas son naturales en las luchas por el poder, saber ubicarlas y ubicarse en ellas, es el deber de los votantes, y precisar con nitidez sus diferencias, defenderlas y buscar que sean adoptadas como la mejor alternativa para la conducción de los asuntos públicos, es la tarea de los partidos y las organizaciones.

Ahora en Colombia, los partidos tradicionales de derechas se reclaman defensores de temas generales. Las agrupaciones otrora de izquierda reclaman lugares ubicables solo con referencias a valores amplios como el respeto por la vida, el amor, la tolerancia o la diversidad.

Y muchas figuras públicas, antiguos militantes de partido, se alejaron de la contienda apelando a su carácter de independientes, de sujetos políticos sin filiación ideológica. Asistimos así, a una contienda electoral en la que se difuminan las diferencias, pero en la que los rencores afloran.

La distinción derecha-izquierda es solo un mecanismo de clasificación y ubicación en el espectro político. Su objetivo no puede ser otro que reducir la complejidad de las opciones presentes y generar una línea de continuidad entre las pretensiones y programas políticos.

En un ambiente fuertemente cargado de referentes morales como el nuestro, a la izquierda se le endilgan condiciones negativas por su lejanía y contradicción con símbolos y significantes religiosos, y si a eso se suma una historia política en la que algunas opciones de izquierda, perseguidas y violentadas, optaron por la violencia política, la carga negativa se potencia al punto que nadie quisiera ser ubicado en ese lado del espectro.

A su vez, la derecha, que a favor suyo tiene todo el capital simbólico religioso, es relacionada con el pasado nefasto del autoritarismo y la discriminación, la fuerza y la permanencia de un orden estatuido.

El afán de los candidatos, y de algunos partidos, por desmarcarse de la vieja distinción debería ser coherente con un llamado a la eliminación de los odios y a la descalificación del contrario en la discusión política. Y, lo más importante, debería servir para definir conjuntamente los mínimos gubernativos que garanticen el respeto por la institucionalidad, el combate a la desigualdad y la reducción sostenida de las brechas sociales, la construcción de la paz, y la lucha frontal contra la corrupción.

Los cambios que proponen los candidatos deben desarrollarse en el marco de la institucionalidad reinante en Colombia que tiene como valor fundamental la independencia de los poderes y un sistema eficiente de frenos y contrapesos para el ejercicio del poder: salidas autoritarias, sin importar la orientación política deben ser descartadas de forma categórica.

En el país se ha venido reduciendo la pobreza, pero aun seguimos siendo una de las sociedades más desiguales de América: la focalización del gasto para el cierre de brechas sociales y el apoyo al crecimiento económico con redistribución social deben estar en la agenda del próximo Gobierno.

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