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El proceso para elegir al próximo secretario general de las Naciones Unidas ya está en marcha; el mandato de António Guterres concluye el 31 de diciembre y, aunque en apariencia el procedimiento parece sencillo, en la práctica mezcla reglas formales y tradiciones diplomáticas con cálculos geopolíticos de alta complejidad y equilibrios regionales delicados, en un escenario donde Colombia tendrá un papel relevante.
Sobre el proceso, en términos generales, la Carta de las Naciones Unidas establece que el secretario general es nombrado por la Asamblea General -es decir, por los 193 Estados miembros- previa recomendación del Consejo de Seguridad. Sin embargo, durante los primeros 70 años de la organización, la elección estuvo prácticamente monopolizada por los cinco miembros permanentes y la Asamblea General funcionaba como una instancia de ratificación sin incidencia real.
Con el propósito de darle mayor transparencia al proceso, en 2015 la Asamblea General adoptó la resolución 69/321, que ordenó la publicación de la lista completa de candidatos y de sus declaraciones de visión y, con ello, creó la práctica de diálogos interactivos en los que los aspirantes responden preguntas de los Estados miembros en sesiones abiertas; y además abrió una oportunidad inédita para empezar a romper con décadas de exclusividad masculina. Mientras que en los 70 años previos solo una mujer -Vaira Vīķe-Freiberga, de Letonia- se había postulado, en 2006, bajo el amparo de esta resolución el proceso de sucesión de Ban Ki-moon, en 2016, contó con la participación histórica de siete candidatas.
No obstante, en términos decisorios, el poder del Consejo de Seguridad permanece intacto. Por su parte, el Consejo de Seguridad -integrado por cinco miembros permanentes y diez no permanentes- conduce la fase decisiva mediante votaciones secretas conocidas como straw polls o sondeos informales: para que un nombre avance a la Asamblea General se requieren al menos nueve votos favorables, pero, sobre todo, que ninguno de los cinco miembros permanentes ejerza su veto -Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China-; en ese punto, Colombia no será un observador, pues asumió su puesto como miembro no permanente del Consejo el 1 de enero de 2026 por un período de dos años y participará directamente en la etapa más determinante del proceso. No es un rol protocolario: en la práctica, el Consejo define el nombre que la Asamblea General suele ratificar por aclamación.
Ahora bien, más allá de la Carta y de las resoluciones, opera una tradición diplomática no escrita de rotación regional, y aunque bajo ese criterio muchos sostienen que el turno correspondería a América Latina y el Caribe -una región que solo ha tenido un secretario general: el peruano Javier Pérez de Cuéllar-, los países de Europa del Este, que nunca han tenido un secretario general, argumentan que la rotación les corresponde y hablan de una “deuda histórica”.
En 2016, cuando muchos consideraban que era su turno, emergió la candidatura del socialista António Guterres, de Portugal, que terminó imponiéndose, y en dicha región persiste la sensación de que aquel turno fue “saltado”; aunque, en la coyuntura geopolítica actual, Europa del Este podría enfrentar un riesgo alto de bloqueo cruzado por vetos y, en contraste, América Latina podría ser vista como una zona menos polarizada, lo que, a su vez, abriría espacio para perfiles capaces de dialogar con distintos bloques; y ahí, Colombia tendrá mucho que decir.
En términos de candidaturas, el 1 de abril se entiende como la fecha límite para presentar nombres, pero esa fecha no ha sido adoptada formalmente como regla obligatoria y, si bien aún faltan días, el listado de candidatos y candidatas se mueve con intensidad: a comienzos de marzo se registran cuatro candidaturas formalizadas -el argentino Rafael Grossi, la chilena Michelle Bachelet, postulada por Chile, México y Brasil, la costarricense Rebeca Grynspan y el senegalés Macky Sall-, mientras otros nombres, como el de Ivonne Baki, nacida en Ecuador y con raíces en el Líbano, y el de la primera ministra de Barbados, Mia Mottley, siguen sonando en un contexto de reivindicación cada vez más explícita para que la ONU tenga, por primera vez, una mujer al frente, una idea que el presidente Gustavo Petro, a finales de 2024, respaldó públicamente, como dejó ver en un tuit posterior a su reunión con Claudia Sheinbaum, de México. Colombia no será un espectador: será uno de los quince votos que contarán y uno de los nueve necesarios para que un candidato avance.
Si bien no tiene poder de veto, su posición puede contribuir a consolidar mayorías o a enviar señales políticas tempranas. Para Colombia, participar en esta decisión como miembro del Consejo de Seguridad implica una responsabilidad histórica: no se trata únicamente de apoyar una candidatura regional, sino de contribuir a que la organización cuente con un liderazgo capaz de navegar un sistema internacional fragmentado, marcado por crisis simultáneas y por dudas reales sobre la capacidad del multilateralismo para sostener acuerdos.
Hay que leer para aprender, leer para recordar y leer para comprender. No es una destreza automática; es un diálogo que se cultiva en aulas y salones de lectura, donde los niños racionalizan lo que ven y leen
Nuestra invitación es clara: crecer con disciplina, incluir con responsabilidad y gobernar con verdad. Porque lo verdaderamente popular es respetar al pueblo diciéndole la verdad