Analistas

Una prioridad en la agenda económica…

Si algo debemos aprender de la experiencia de nuestro tránsito a la nueva realidad petrolera, es la necesidad de diversificar el aparato productivo colombiano. Una lección de gran relevancia reforzada por la urgencia de recomponer nuestros agregados económicos. De aquí surge la importancia de redireccionar los esfuerzos para que, sectores con alta capacidad exportadora, dinamizadores de la generación de empleo, y con amplio espectro productivo, apoyen el tránsito hacia una economía capaz de aprovechar las oportunidades del comercio internacional, con sostenibilidad en la generación de valor agregado y menos vulnerable a los ciclos de los precios de las materias primas.  

Son enormes los retos que encaramos como nación en este frente y desde luego la industria manufacturera es y continuará siendo uno de los sectores protagonistas en el propósito de lograr avances significativos en la diversificación de la estructura productiva.  Aunque la participación del PIB industrial en la economía se vio reducida durante los últimos años, no debe olvidarse que este es uno de los sectores que más contribuye y participa en la generación de empleo. Incluso, en materia crediticia, la industria manufacturera ha sido el principal receptor de recursos por parte del sistema financiero, una condición que se ha mantenido durante años a pesar de los momentos difíciles por los que ha atravesado la industria.

Si bien los últimos datos sobre el crecimiento del sector manufacturero son moderadamente alentadores, se espera que continúe con cierto grado de recuperación en el corto plazo. Aun así, las falencias en materia de competitividad se han hecho más evidentes ante la baja capacidad de reacción de las exportaciones en medio de una mejor posición cambiaria. En efecto, las exportaciones de bienes industriales han venido contrayéndose de forma marcada, lo que sugiere que la recuperación reciente en la producción industrial ha obedecido más a la demanda interna que a la externa. Si bien las dinámicas regionales de crecimiento vienen de capa caída y ello también influye en el bajo desempeño exportador, es precisamente en ese tipo de situaciones donde las ventajas tanto competitivas como de costos son fundamentales para aprovechar, incluso en coyunturas adversas como la actual, nuevas  oportunidades de negocio.

Sabemos que el sector industrial no es ajeno a obstáculos de gran envergadura asociados a los bajos niveles de competitividad del país. La falta de una infraestructura vial, tecnológica, científica, educativa y ambiental de calidad, las cargas parafiscales y tributarias excesivas sobre las empresas, y las insuficiencias en el aparato de justicia, son solo algunos aspectos que limitan el mejor desempeño productivo. 

Como parte de un plan de acción integral para la mejora de la competitividad se han venido dando pasos en la dirección correcta, como lo es el caso de generar programas para mejorar la infraestructura de transporte y la búsqueda para adoptar las mejores prácticas en el proceso de adhesión a la Ocde. Sin embargo, existen otras tareas por hacer, y una de ellas pasa sin duda por la urgente necesidad de materializar una reforma tributaria clara, transparente, que permita no solo solventar los cuellos de botella en materia de ingresos tributarios y garantice la sostenibilidad fiscal sino que resulte proclive a la inversión y a la recomposición sectorial. 

Ante la manifiesta necesidad de impulsar la diversificación productiva y con ello las bondades que en materia económica se desprenden de este proceso, no cabe duda que deberá existir un compromiso decidido por parte de todos los actores involucrados, a fin de lograr que esta transición se dé con la mayor celeridad y compromiso. 

La actual reversión del ciclo económico ha puesto en evidencia el costo de no haber avanzado hacia la diversificación de nuestro aparato productivo. Ahora más que nunca, debe ser esta la prioridad en nuestra agenda económica.