Agenda educativa para el futuro

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Muchos de los pilares que sustentan un mayor desarrollo en el mundo moderno se asocian a mejores habilidades en ahorro e inversión. En este sentido, se debe resaltar la importancia de las buenas aptitudes en materia económica y financiera, facultades fundamentales para participar de manera acertada en la sociedad y cuya carencia se refleja en el mal uso de recursos y en menores niveles de calidad de vida.

Para el caso colombiano, la incursión de estas habilidades financieras en los currículos para primaria y secundaria de nuestras instituciones educativas resulta primordial en un mundo con necesidades apremiantes de adecuado ahorro y financiación responsable.

Hay que tener en cuenta que cuando se habla de educación financiera no se hace referencia a explicaciones asociadas, por ejemplo, a cuál es la mejor tarjeta de crédito o a la forma de usar un datáfono, sino al profundo desarrollo de habilidades asociadas al uso eficiente de los recursos. En este aspecto, la evidencia empírica resalta que los adultos que han recibido educación financiera desde temprana edad no solo poseen mayor habilidad para gestionar y planificar sus ingresos y ahorrar para una vejez más tranquila, sino que tienen mayor criterio a la hora de seleccionar productos. Estos elementos les permiten acceder y exigir servicios financieros más sofisticados, de mayor calidad y enfrentar contingencias financieras.

El trabajo en Educación Financiera no es algo nuevo para el país, pues ya se han realizado adelantos para incluirla en los planes educativos de los colegios. Sin embargo, la mayoría de los esfuerzos concluyen en pilotos innecesarios y ninguna implementación a gran escala. Es lamentable que, 13 años después del lanzamiento de los primeros programas, una estrategia integral en materia de Educación Financiera que tenga la capacidad de mejorar la vida de los colombianos no pasa de ser una hoja de ruta plasmada de un simple documento.

Sobre este escenario, existen diversos aspectos que hacen falta para lograr un avance contundente y que deben ser gestionados por el Gobierno Nacional para garantizar una correcta implementación. Entre ellos no podemos dejar de lado (i) la instauración de planes de orientación y acompañamiento claros y oportunos para los colegios, (ii) la correcta capacitación a nuestros docentes y (iii) el desarrollo de instrumentos que permitan hacer seguimiento a la implementación y a la efectividad de la educación financiera.

La implementación a cabalidad de estos adelantos no solo beneficiaría la calidad de vida individual, sino que promovería una mayor estabilidad financiera, unos menores niveles de cartera riesgosa y un suavizamiento óptimo del consumo. Además, se reducirían sustancialmente los riesgos financieros, se influiría directamente en los niveles de informalidad y se lograría concientizar a la población sobre la ilegalidad de la oferta de servicios de crédito asociada al lamentable y riesgoso “gota a gota”. Todo lo anterior haría más fácil la urgente tarea de aumentar los niveles de inclusión financiera, permitiendo así mejorar la calidad de vida de todos los colombianos y promover un mayor crecimiento económico.

El Gobierno tiene una gran responsabilidad para lograr concretar avances significativos en estos frentes. El país cuenta con todo lo necesario para implementar un programa de Educación Financiera en los colegios más que robusto y, sin embargo, hoy nuestra realidad es igual a la de muchos países que no han materializado ningún avance en la materia. ¡Debemos actuar!

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