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Semana tras semana revisamos los informes del operador del Mercado Eléctrico del Sistema Interconectado Nacional y continuamos desatendiendo sus profundas advertencias, tal vez porque las vemos lejanas, nos cuesta entenderlas o preferimos ignorarlas.
Cualquier sistema energético integrado funciona y se entiende bajo varias incidencias: la demanda es persistente y continuamente creciente, mientras que la oferta es discreta, es decir, entra en escalones de nueva capacidad en términos de infraestructura para prestar el servicio de electricidad, materializada en proyectos que se dividen entre plantas de generación, líneas de transmisión, interconexiones y redes de distribución y transformación.
Se necesita una reserva entre la oferta y la demanda por una sencilla razón: la magia detrás de la física que permite producir energía eléctrica en la medida en que se consume exige un equilibrio dinámico de los sistemas a cada instante. En la medida en que se extrae energía para nuestras necesidades, bienestar y desarrollo, se absorbe generación para cubrirla. Si se pierde el balance, inmediatamente se desencadena la hecatombe -un apagón de emergencia- o se deriva en un déficit sistemático y un racionamiento programado por largos periodos. Largos porque esta infraestructura requiere años de desarrollo.
La reserva es impajaritable, independientemente de los recursos energéticos disponibles en el mercado y del acceso a combustibles, y hoy en Colombia simplemente se perdió el equilibrio estable y sólido del que alguna vez dispusimos. Actualmente, la falta de disponibilidad energética en nuestro país es estructural.
Ningún sistema compuesto de diversos elementos en funcionamiento continuo está exento de fallar, de requerir mantenimiento y reparación, y de necesitar operar con flexibilidad, y ese es, sin duda, el caso de la electricidad. Si solo fuera por estas condiciones, ya estaríamos en riesgo, pero, además, el clima limita el acceso a un recurso esencial para el parque de generación, que depende de las lluvias, periódicas pero impredecibles, sin las cuales es inoperante. Estamos ceñidos al comportamiento de variables inestables, a condiciones diarias, horarias e instantáneas del balance del sector energético.
Estamos enfrentando las consecuencias de la falta de transparencia en la información, la vacilación en la toma de decisiones, las equivocaciones de predicción y la pérdida de una planeación efectiva, pero, sobre todo, de la respuesta inoportuna de las políticas, la regulación y el control, y de la inoperancia de la inversión. No sirve llorar sobre la leche derramada; sí sirve aprender de los errores, usar la resiliencia y el conocimiento intrínseco que nos dejó superar situaciones similares en el pasado. Hay que enfocarse en la solución, en una acción continua que minimice pérdidas extraordinarias para los sectores económicos, las exportaciones, el comercio y la industria. Esto, para reducir la destrucción de empleo debido a la paralización de las Pymes, mantener servicios y cuidar sectores como el de alimentos, que dependen de cadenas de frío. También hay que pensar en la sociedad y las comunidades, y en contener una crisis de seguridad, ya que la oscuridad en las calles dificulta el control del crimen y potencia las situaciones de vulnerabilidad de la población. Los devastadores efectos de un racionamiento solo se contienen con acciones estructurales, señales económicas reales y un compromiso indeleble de gestión.
La Fiscalía, la Procuraduría y la Contraloría son enormes instituciones burocráticas que tienen funciones muy importantes en la estructura del Estado que creó la Constitución de 1991
Por el momento, los frentes con mayores expectativas han tenido que ver, primero, con el alza en las tasas de los Tesoros de largo plazo (las más elevadas en dos décadas) y, segundo, con la medición de la inflación
Responderlas obliga a elegir, y apostar también es renunciar. Priorizar exige decir abiertamente qué dejaremos de hacer o qué aplazaremos