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Escribía en este mismo espacio sobre algo que me ha llamado poderosamente la atención desde hace un tiempo: la violencia en la comunicación. Violencia en todas sus formas, ya sea en pequeñas e incluso incipientes discusiones familiares o entre amigos y colegas. El lenguaje corporal desafiante, la actitud pasivo-agresiva, el silencio, la ironía, el sarcasmo y los comentarios malintencionados son solo algunas de las conductas que aparecen una y otra vez cuando se entra a resolver conflictos que ya han escalado al interior de un grupo.
Se habla mucho de tener inteligencia emocional, de no reaccionar en caliente, de consultar las cosas con la almohada y de comunicarnos de forma asertiva. Sí, todo esto suena bien, y la mayoría podemos poner en práctica técnicas sencillas o sofisticadas para comunicarnos mejor. Pero ¿qué pasa cuando quien reacciona no soy yo, sino mi amígdala, una pequeña estructura del cerebro que tarda milisegundos en responder ante una amenaza? El psicólogo Daniel Goleman le dio nombre a este fenómeno: el “secuestro de la amígdala”. Se apoyó en los estudios del neurocientífico Joseph LeDoux, que mostraron que la señal de peligro llega a la amígdala antes que a la corteza prefrontal, la parte del cerebro que razona.
Dicho de otro modo: el cuerpo ya respondió cuando la mente apenas empieza a entender qué pasó. ¿Qué pasa, entonces, cuando reacciono antes de pensar, o cuando, llevado por la emoción, digo algo de lo cual me arrepentiré? Pero, más allá de esto, ¿qué podemos hacer para evitar el conflicto? Desde mi perspectiva, la respuesta puede resultar perturbadora: nada. El conflicto es inevitable. No es una idea nueva. Ya en 1956, el sociólogo Lewis Coser, en Las funciones del conflicto social, sostenía que el conflicto, bien canalizado, no destruye a los grupos: los cohesiona, aclara los límites de cada parte y renueva las relaciones.
Desde su forma más leve, la confrontación, hasta la más dura, el rompimiento, el conflicto requiere atención, manejo y solución. La opción válida no es evitarlo, sino permitir que las partes se confronten y gestionar ese choque para que no escale. Para eso debemos prepararnos: discutir civilizadamente, presentar argumentos, exponer nuestra posición de manera adecuada, retar con respeto a la otra persona, aceptar que hemos fallado y, sobre todo, ofrecer disculpas con humildad. Esto nos permite reconstruir relaciones y fortalecerlas hacia el futuro. Hace más de 2.000 años, Aristóteles ya lo advertía en su Ética a Nicómaco: “Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso ciertamente no resulta tan sencillo”.
Los subsidios de arriendo, útiles para mitigar el choque inicial, terminan generando presiones inflacionarias si no se acompañan de más vivienda. Más oferta de vivienda, y de mejor calidad antisísmica, tiene que ser parte indispensable del plan de reconstrucción
En otras palabras, la mano de obra y el capital en la economía colombiana están subempleados por debajo de sus posibilidades. La economía podría crecer mucho más si esos factores productivos se emplearan de manera más eficiente
Siempre habrá un correo pendiente, una reunión que atender, un problema que solucionar, un presupuesto que cumplir o una nueva meta por alcanzar. El trabajo tiene una particularidad: puede ocupar todo el espacio que estemos dispuestos a entregarle