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Las Malvinas, otra vez

Han transcurrido treinta años desde el desembarco militar argentino en las Islas Malvinas;  Falkland Islands, para los británicos.  Dicho evento produjo la ruptura de relaciones diplomáticas entre Buenos Aires y Londres.  Dio origen a un conflicto bélico de 74 días de duración, en el cual perecieron  649 argentinos, 255 británicos y 3 habitantes de las islas.  Concluyó con la rendición de las tropas argentinas en las Malvinas y la subsiguiente caída del régimen que causó la guerra.  Los protagonistas principales de este episodio histórico fueron Leopoldo Galtieri por Argentina y Margaret Thatcher por el Reino Unido.
 

La guerra  y sus secuelas vuelven a adquirir relevancia porque el gobierno de Cristina Kirchner ha decidido encubrir las falencias de una política económica errática y arbitraria, exacerbando el sentimiento nacionalista alrededor de la aspiración de ejercer soberanía en las Islas Malvinas.  Ese reclamo constituye el eje central, y casi exclusivo, de la diplomacia argentina.  El objetivo es llevar el tema de las Malvinas a todos los foros internacionales en los cuales participa Argentina.  Como parte integral de esa estrategia, la administración Kirchner se propone convertir un diferendo bilateral con el Reino Unido en una causa hemisférica.
Las autoridades argentinas están dificultando la comunicación aérea y marítima con las islas.  A las empresas que importan productos británicos se les ha ordenado buscar proveedores de otras naciones.  El  poder comunicacional del gobierno se utiliza para imponer un relato que exalta las figuras de Juan Domingo y Evita Perón en el siglo pasado, y las de Néstor y Cristina Kirchner a partir del 2003.  En materia internacional, se presenta a la Argentina como víctima de una agresión desde 1833, cuando las islas se incorporaron a la corona británica.   Este relato debe recibirse con beneficio de inventario.
 

Hay ciertos hechos que ayudan a colocar en perspectiva lo ocurrido y que no pueden soslayarse apelando a la retórica anti-imperialista.  Uno de ellos es la naturaleza del régimen que decidió recuperar las Malvinas por la fuerza.  En abril de 1982, la Argentina estaba gobernada por una dictadura militar cuyas prácticas represivas dejaron un recuerdo sangriento de violación de los derechos humanos.  El gobierno estaba presidido por Leopoldo Galtieri, un general cuya ignorancia de las relaciones internacionales coincidía con su afición por el licor.  Creía tener el apoyo de Estados Unidos.  Confiaba en que sería sencillo atropellar a una nación que no lograron doblegar Napoleón ni Hitler.  Mal podían los militares argentinos ofrecerles libertades democráticas a los súbditos británicos de las Malvinas.
 

Es doloroso reconocerlo, pero perder una guerra tiene consecuencias desagradables.  Por ese motivo, estadistas prudentes, y sobre todo sobrios, agotan todos los recursos diplomáticos antes de echar a rodar lo que Bismarck denominaba los dados de hierro de la guerra.  Comenzar una guerra es fácil. 
Lo difícil es concluirla de manera satisfactoria.  Las eventuales conversaciones entre los dos gobiernos acerca del futuro de las Malvinas, y de sus habitantes, no podrán hacer caso omiso de lo que sucedió en 1982.