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El país imaginario de Cristina Kirchner

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Los regímenes autoritarios terminan creando un mundo de ensueño, al cual solo llegan buenas noticias. Durante la dictadura de Oliveira Salazar, se dice que su círculo íntimo hacía imprimir un diario con un ejemplar, para que el líder del Estado Novo pudiera apreciar el progreso de Portugal. Los aduladores de Cristina Kirchner han diseñado una variante no menos ingeniosa.  Una vez consolidado el control político del organismo oficial de estadística, se falsean los índices en forma desvergonzada para que produzcan los resultados que la Presidenta desea. 

 
 El problema de la inflación se resuelve reconociendo un aumento de precios de cerca de un tercio del verdadero.  Se persigue judicialmente a quienes produzcan cifras de inflación fidedignas.  Al mentir acerca de la inflación, el gobierno cosecha dividendos adicionales. El PIB aparece mayor de lo que es y la proporción de pobres aparece menor.  Se obtiene un ahorro fiscal defraudando a los tenedores de bonos soberanos indexados a la tasa de inflación.   Sin embargo, el uso sistemático de la mentira  como herramienta de gobierno presenta algunos inconvenientes, tales como el desprestigio internacional y la pérdida generalizada de credibilidad.
 
En la medida en que el gobierno opta por creer sus propias mentiras, y actuar en función de ese auto-engaño, ingresa al reino de la fantasía.  El discurso esquizofrénico se convierte en verdad oficial.  Cristina Kirchner construye un relato ficticio de la historia de Argentina y lo proclama ante auditorios seleccionados para que aplaudan.  Como advierte uno de sus colaboradores cercanos: ‘A la Presidenta no se le habla. Se le escucha.’  Sus conferencias de prensa son un monólogo. Cuando pontifica sobre temas económicos, puede decir cualquier disparate, como cuando anuncia que el índice de precios al consumidor de Estados Unidos no incluye alimentos ni gasolina.  Por estar acostumbrada al aplauso incondicional,  sus actuaciones en el exterior resultan desconcertantes.  Su comportamiento en la Escuela de Gobierno Kennedy de la Universidad de Harvard produjo estupor entre los asistentes norteamericanos y vergüenza ajena entre los latinoamericanos.
 
El manejo económico  consiste en una mezcla de rentismo de amigos y capitalismo de Estado, con altas dosis de intervencionismo discrecional y corrupción. La Presidenta se ha aficionado a pronunciar el imperativo ‘exprópiese’ sin orden judicial o indemnización. La combinación de prepotencia e ineptitud gerencial convierte a las empresas estatizadas en máquinas de destrucción de valor. Aerolíneas Argentinas acumulan pérdidas del orden de US$ 2 millones diarios.  Luego de confiscar la inversión de Repsol en la empresa petrolera nacional,  el valor de YPF se ha reducido en 60%.  
 
 La Argentina no se merece este estilo de gobierno.  La gobernadora del banco central declara que la emisión monetaria no produce inflación. Y el secretario de Comercio anuncia que prefiere la arbitrariedad a las reglas claras.   Como consecuencia, tanto la inversión  extranjera como la de los argentinos huyen de semejante conducción de la política económica. Los hechos son tozudos. La dura realidad va rumbo a una colisión con la visión surrealista dibujada por Cristina Kirchner.
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