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Disquisiciones cambiarias

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Es evidente que el peso está sobrevaluado.  Lo que resulta menos evidente es la mejor manera de corregir esa situación.  Es poco consuelo reconocer que el desajuste cambiario actual es atribuible a circunstancias que escapan al control de las autoridades económicas.  Tampoco sirve de paliativo señalar que el fenómeno que afecta a Colombia, así como a Chile, México y Perú, es menos nocivo que los movimientos cambiarios en sentido contrario que afligen a países con grandes distorsiones macroeconómicas.

 
La tasa de cambio condiciona la relación entre la economía interna y la internacional.  Es un factor determinante del ritmo de actividad económica y del nivel de empleo. La coherencia macroeconómica recomienda mantener una tasa de cambio real cercana al nivel de equilibrio.  El problema consiste en encontrar la forma de alcanzar ese objetivo en un contexto de excesiva liquidez internacional.  Las siguientes premisas pueden contribuir a la discusión:
 
El Banco de la República  no determina la tasa de cambio real de largo plazo, que es la que cuenta.  Esta afirmación también es válida para la Reserva Federal, el Banco Central Europeo y el Banco de Inglaterra.
 
Los bancos centrales disponen de  instrumentos  para moderar la volatilidad de la tasa de cambio, pero no para decidir su tendencia.
 
Sobre las fluctuaciones cambiarias influyen, además de los movimientos comerciales y financieros,  factores impredecibles de tipo sicológico, político y militar.  Por ese motivo, los economistas responsables se abstienen de predecir el nivel de la tasa de cambio.
 
Lo cual no significa que las autoridades sean impotentes para tratar de contrarrestar la sobrevaluación del peso.  Existe cierto margen de maniobra, pero dicho margen es estrecho.  Ésa  restricción debe hacerse explícita y comunicarse con claridad.  Los voceros económicos gubernamentales deberían enfatizar que no existe una meta específica de nivel de la tasa de cambio.  Reconocer que existe determinada sobrevaluación cambiaria  no lleva implícito el compromiso de devaluar el peso en la magnitud correspondiente.  El régimen vigente de tasa de cambio fluctuante no lo permite. 
 
Se deben explorar nuevas modalidades de aumentar la demanda  por dólares, para encarecerlos.  Descartada la alternativa óptima de acumular reservas internacionales por medio de un superávit fiscal,  pueden sugerirse algunas medidas que harían un aporte modesto al logro del objetivo deseado.  En las actuales circunstancias, una reducción inmediata de 50 puntos básicos en la tasa de intervención del banco central serviría el doble propósito de reactivar la demanda y desestimular la entrada no deseada de capitales de corto plazo.
 
Podría pensarse en autorizar la apertura en bancos locales de cuentas corrientes en moneda extranjera por una suma hasta de US$10.000.  Los créditos con base en dichos depósitos se destinarían, en forma exclusiva, al sector exportador.  Las operaciones en moneda extranjera estarían sometidas a encajes.  El esquema tendría una estricta regulación.  El dólar no sería considerado moneda legal.  Esta medida tendría un efecto positivo sobre la demanda de dólares.  Sin caer en el bimetalismo,  les reduciría  los costos financieros a las pequeñas empresas. 
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