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Analistas 21/03/2019

Brexit y soberanía

Rodrigo Botero Montoya
Exministro de Hacienda

El melodrama en el cual se ha convertido el retiro del Reino Unido de la Unión Europea ha puesto en evidencia las limitaciones del aislacionismo y del nacionalismo a ultranza. Durante dos años y medio el gobierno británico ha estado dedicado a negociar un acuerdo de separación con la Unión Europea. El proceso se ha manejado con tal ligereza y falta de profesionalismo que ha deteriorado la reputación que tenía el Reino Unido por la seriedad de su gobierno y la habilidad negociadora de sus diplomáticos.

Luego del resultado del referendo innecesario de junio de 2016, convocado para dirimir divergencias del partido de gobierno, la opinión pública ha quedado fraccionada entre dos actitudes irreconciliables: la de los promotores del Brexit, es decir, del retiro de la Unión Europea, y la de quienes prefieren que el Reino Unido siga perteneciendo a la Unión Europea.

La dificultad para lograr un acercamiento entre esas posiciones, en una nación con una larga tradición parlamentaria radica en que los voceros de los respectivos grupos esgrimen argumentos acerca de temas distintos. Los pro europeos señalan las ventajas económicas que tiene para el Reino Unido tener acceso privilegiado a un mercado próspero de 450 millones de habitantes. Pertenecer a la Unión Europea es un activo valioso que permite el libre movimiento de capitales, empresas y personas en un espacio continental, cuyo tamaño facilita las negociaciones comerciales con Estados Unidos y con la China. Estos argumentos se respaldan con estimativos del costo que tendría para la economía británica retirarse de la Unión Europea. Como observa el Chancellor of the Exchequer Philip Hammond, los británicos no votaron en junio de 2016 por terminar con más desempleo, salarios más bajos y precios más altos.

Los partidarios más fervientes del Brexit hacen caso omiso de las cifras y menosprecian las advertencias económicas de los expertos. Su discurso es sobre las emociones. Apelan al nacionalismo, a la inconformidad con los inmigrantes y a la ilusión de que el Reino Unido pueda adquirir plena soberanía para liberarse de las decisiones comunitarias adoptadas en Bruselas.

En la aversión británica a la Unión Europea se mezclan nostalgias imperiales, atavismos xenofóbicos y fatiga con la globalización. El Reino Unido impulsó el proceso de liberalización comercial del siglo XIX. El Tratado Cobden-Chevalier de 1860 contribuyó a incrementar el intercambio comercial con Francia y dio lugar a tratados de libre comercio similares que facilitaron la integración de la economía europea. Gracias a su orientación comercial y a su vocación marítima, el Reino Unido pudo tomar el liderazgo de la globalización de esa época. La globalización y la participación, aunque tardía y con vacilaciones, en el proyecto de unificación europea han beneficiado al Reino Unido. Londres, como sede de un gran centro financiero internacional, es una capital cosmopolita, abierta al mundo.

Pero el objetivo de los partidarios del Brexit, de recobrar la soberanía absoluta del Reino Unido, es incompatible con la globalización y con la razón de ser de la Unión Europea.

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