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Analistas 03/06/2021

Salvar el capitalismo

Rodolfo Correa
Secretario de Agricultura de Antioquia

El capitalismo es el mejor sistema político y económico que ha existido a lo largo de la historia de la humanidad. Quien no esté de acuerdo con esta afirmación solo necesita darle un repaso a las lecciones más básicas de historia universal, para confirmar si fue mejor el esclavismo, el feudalismo o, incluso, el socialismo.

En el esclavismo, el hijo del esclavo estaba condenado a perpetuidad a ser esclavo. En el feudalismo, quien no hubiera nacido siendo heredero de tierra estaba sentenciado a ser un siervo de por vida.

Solo en el capitalismo el hijo de un hombre nacido en Kenia, nieto de una keniana, netamente afrodescendiente, puede algún día soñar con ser presidente del país con la economía más poderosa del mundo.
Solo en el capitalismo un hombre puede, dependiendo de la inversión de su capacidad de trabajo, de su disciplina y de su voluntad, salir de la miseria y acumular riqueza. En los demás sistemas esto no es posible porque tienen un común denominador: el sacrificio de la libertad.

En efecto, el esclavismo elimina la libertad de plano y convierte a los seres humanos en propiedad de alguien. El feudalismo la condiciona a cambio de que el señor feudal le permita a la servidumbre acceder a la satisfacción de las necesidades más básicas y, en el socialismo, la noción de libertad se reduce a cambio de la promesa de igualdad.

El único sistema, entonces, que ha puesto la libertad como faro de su operación es, como vemos, el capitalismo. No obstante, ese faro de luz basado en la libertad, llevado a los extremos, está cegando la ruta de la igualdad, y la profunda grieta social y económica que presenciamos amenaza notoriamente su continuidad.

Surgen entonces las “preguntas del millón”: ¿hasta dónde puede llegar la desigualdad antes de que el sistema se haga pedazos? ¿El capitalismo ha perdido su aptitud para adaptarse a las nuevas circunstancias?
Es evidente, como lo analiza Thurow, que el actual modelo de operación del sistema ha creado defensas contra el cambio, como sucede con el cuerpo humano que genera sus defensas contra los virus que pretenden ingresar.
Pero, pese a la claridad de la crisis a la que asistimos en los actuales tiempos, ¿qué es lo que impide a las élites que dirigen el sistema hacer los cambios requeridos para enfrentar un mundo diferente en el que el desequilibrio se convirtió en norma, en el que todo está en movimiento, y donde la incertidumbre domina la realidad?

Lamentablemente no estamos siendo capaces de ver lo que se nos aproxima: la muerte del capitalismo, tal como lo conocemos.

Y por eso en los países en vías de desarrollo, en nuestro afán, en nuestra agonía de encontrar nuevas formas de relacionarnos económicamente, algunas naciones han tratado de aferrarse a lo único conocido hasta el momento: el socialismo. No obstante, como es obvio, la salida a la actual crisis no puede intentarse con rutas ya fracasadas.

Parece entendible que, con nuestra oxidada mentalidad, se piense que para que los viejos y consolidados sistemas sociales puedan adaptarse a un nuevo entorno, antes tienen que tener un fracaso manifiesto que les permita a las sociedades aprender, a costa del dolor de perder lo que ya tienen por precipitarse en la adopción de medidas facilistas inspiradas en caudillos de lo imposible.

Ahora, hacer cambios sin necesitar un fracaso dramático es lo que demuestra la categoría del liderazgo y la capacidad de gestión en una sociedad.
Eso requiere entender que las sociedades prosperan cuando las creencias y las tecnologías son congruentes.

Pero ¿cómo va a funcionar un sistema capitalista industrial en una era de inteligencia artificial? Aquí, es claro, la relación entre ideología y tecnología es abiertamente incongruente. El fracaso, entonces, resulta inevitable.
Y por eso el fracaso que presenciamos en nuestro sistema económico se evidencia en el desequilibrio en la distribución de la renta y de la riqueza. En la falta de oportunidades para toda una generación que está siendo “educada” bajo la perspectiva de un mundo que ya no existe. Seguimos formando mayoritariamente abogados, ingenieros, secretarias, contadores, etc, cuando la tecnología reemplazará esas profesiones. Seguimos formando a las nuevas generaciones para trabajar en grandes factorías, cuando estas cada vez son menos.

A qué se dedicarán, entonces, las generaciones formadas para ser empleadas, cuando la tecnología está creando máquinas para eliminar los puestos de trabajo.

Para progresar necesitamos siempre la visión de algo mejor a lo que nos está pasando.

El auténtico papel de los gobiernos en las sociedades capitalistas es representar los intereses del futuro. Sin embargo, como lo dice nuestro ya citado autor, los gobiernos están haciendo exactamente lo contrario: reduciendo las inversiones en el futuro para aumentar el consumo del presente que, de hecho, está agotado.

Las utopías, generalmente, no son materializables, pero aportan elementos que pueden ser materializados en el sistema económico y político para permitir que puedan adaptarse a las nuevas realidades. Por eso, así sea a título de utopía, es claro que se necesita un nuevo capitalismo.

Se requiere un capitalismo colaborativo, que potencie la libertad y a la vez promueva la igualdad, que parta de sustituir el concepto de competencia por el de coopetencia (competir cooperando). Un capitalismo que recupere el valor de lo humano y que ponga la dignidad de los seres humanos como fin superior. Ese capitalismo lo llamamos capitalismo colaborativo y de él hablaremos en nuestra próxima columna.