Analistas 25/07/2020

La antifragilidad de Colombia

Que larga está la noche, parece no acabar, y cuando de pronto se asoma la tímida luz por entre las tinieblas, rompen las malas noticias aquel amanecer que se veía aparecer. Son ya más de cuatro meses en confinamiento, tal vez la cuarentena más larga de la región, desde que luchamos contra la pandemia. Y al transitar por la ciudad, la nostalgia aborda nuestro corazón. Ver tantos lugares y patrimonios históricos muertos. Restaurantes que marcaron nuestra vida, el bar en donde por última vez compartimos con ese amigo que ya no está, o aquel lugar añejo en donde nos hipnotizábamos con las narraciones de la vida de nuestros abuelos. La tienda de la esquina de toda la vida, el negocio de venta de perros calientes que visitábamos después de una noche de aguardiente. Estos lugares, se han ido también; queda ya muy poco. La pandemia ha acabado con la vida de algunos colombianos, pero ha aniquilado sin espera, muchos sueños y lugares construidos a lo largo de los años. Se me viene el recuerdo de esa gran poesía de Jorge Robledo Ortiz, titulada La casa de los abuelos, una narración impecable de aquello que ya no está.

Muchos ignoramos la trascendencia de la iniciativa privada en la sociedad sin tener en cuenta que la destrucción de una sola empresa, pequeña, mediana o grande, es también la destrucción del tejido social que con tanto empeño se ha construido en esta joven República.

En medio de las difíciles circunstancias que hoy vivimos, nada debe apaciguarnos ni disminuir nuestro afán antropológico de salir adelante. Ya hemos sobrevivido a las peores épocas de nuestra historia en donde no nos acechaba el virus sino los carteles, en donde la cuarentena no era impuesta por el estado para cuidar nuestras vidas, sino por los sicarios y mafiosos, en donde salir 20 kilómetros a la redonda de una ciudad capital, era un acto de valentía por la probabilidad no de contraer el virus sino de una pesca milagrosa. Hemos sobrevivido a peores males que el del coronavirus.

Hoy, con una luz al final del túnel, por los adelantos de la vacuna, debemos tomarnos una sobredosis de esperanza que combata el pesimismo. Debemos hacer fiel esa mirada coloquial y sabia de nuestros antepasados que afirmaban ver el vaso medio lleno sobre el vaso medio vacío. Nuestra existencia tiene sentido por las dificultades y los obstáculos que vencemos como bien lo afirmaba el maestro Stanislao Zuleta en su ensayo sobre el “Elogio a la dificultad”. Debemos aprovechar esta circunstancia para reconstruir con más fuerza y conciencia la sociedad y el tejido empresarial.

Hace poco, me acercaba al concepto de antifragilidad por medio del escritor Nassim Taleb y descubría en él una característica del colombiano. Somos antifrágiles porque nuestra historia ha estado todo el tiempo sometida a la fuerza del “estrés”. Después de tener la ciudad más violenta del mundo, una de las guerrillas más poderosas y estructuradas del continente; en resumen, un país al borde de convertirse en un Estado fallido, hemos logrado convertirnos en algo mejor. Hemos transformado la desesperanza en logros, en una mejor sociedad, más democrática, más equitativa en oportunidades. Aún falta y las cifras causadas por la pandemia no son esperanzadoras, pero seguro una sociedad anti frágil como la nuestra, sacará lo mejor de esta circunstancia.