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Analistas 25/01/2022

A los jóvenes

Roberto Rave Ríos
Co Fundador Libertank

Vivimos tal vez el momento más apasionante de los últimos 50 años de nuestra historia como país. La inconformidad, la angustia y la frustración se han unido a la desesperanza creada por la pandemia. Y entonces nos abordan muchas preguntas: ¿Que podemos hacer por nuestro país? ¿Cómo sembramos esperanza? ¿Cómo construimos una mejor Colombia? ¿Cómo aportamos para que el mundo sea mejor?

Hoy más que nunca los jóvenes somos el centro de la conversación, el centro del cambio, el centro de la construcción y tal vez en la situación que vivimos como país, el centro también de la tristeza y de la desinformación. Los cambios que anhelamos se construyen bajo realidades, se construyen también a base de buenos juicios y de criterio. Se destruyen a fuerza de especulaciones, de ambigüedades, de puntos comunes y comodidades para evitar la crítica y la exposición. La historia nos ha mostrado que el mundo necesita de jóvenes con convicciones profundas que vayan en contra de la corriente. En su momento la estrategia de Ronald Reagan contra la Unión Soviética fue muy mal vista por algunos expertos de su época. Algo parecido le sucedió a Lincoln durante la guerra civil estadounidense o Truman durante la Guerra de Corea. Aún más impopular y criticado fue Winston Churchill cuando se oponía solitariamente a las políticas de apaciguamiento frente a Hitler.

A pesar del rechazo que recibieron, estos líderes se mantuvieron firmes y demostraron que hacían lo correcto. Luego el tiempo y la realidad les dieron la razón. Como bien decía Churchill: “La cometa se eleva más alto contra el viento, no a su favor”. Y con razón recitaba también el ex secretario de Estado estadounidense, Colin Powell, en su muy recomendable libro «Secretos del liderazgo», tenga como su primera lección la de “diferir frecuentemente del pensamiento mayoritario para orientar a la opinión pública, en lugar de seguirla. Querer ganarse la simpatía de todos es un signo de mediocridad”.
Los jóvenes necesitamos revisar los indicadores para no caer en una amanecía selectiva que lleva a la desesperanza:

Vivimos en un mejor mundo: de acuerdo con diferentes fuentes, a principios del siglo XX, la expectativa mundial de vida era de 38 años. En la actualidad se calcula en 70 años. Algo parecido ocurre con la mortalidad infantil. En 1900 era de 19,5%. Ahora se calcula globalmente en 3,69%. A principios del siglo pasado se calculaba que el 68,7% de la población mundial vivía en pobreza extrema (los que viven con US$1,90 al día). Esa cifra -dependiendo de a quien se cite- oscila ahora entre 16,9% y el 20%. (Aun con los atrasos probablemente seremos la primera generación en la historia de la humanidad en ver erradicada la extrema pobreza). En 1980, el 90% de los países estaban bajo un gobierno militar. Hoy la proporción se ha invertido: más del 90% son democracias.

Colombia también es un mejor país, para 1995 la cifra de protegidos por el sistema de salud en el país llegaba a 29,2% para el 2018 ya alcanzaba el 94,66% de la población. La esperanza de vida ha incrementado 7,4 veces desde el 2002 llegando a 77 años. Pasamos de tener 700 kilómetros de vía doble calzada en el 2009 a tener 2279 kilómetros en el 2019. El número de empresas en Colombia ha crecido un 33% en los últimos 7 años. La educación superior pasó de tener una cobertura de 31,6% en 2007 a 51,5% de alumnos de colegio que llegaban a la universidad para el 2016. Un avance de 19 puntos porcentuales. El internet, que arribó en 1995 a Colombia, se ha democratizado a una gran velocidad y hoy el país se encuentra en los primeros lugares de Latinoamérica en penetración de internet, más de 35 millones de ciudadanos, casi el 70% de la población tiene conexión a internet.

La pandemia ha despertado a los redentores falsos, a los populistas que creen que un país se desarrolla a partir de Estados gigantes con poderes ilimitados y burocracias insostenibles. Ellos olvidan que los países que hoy tienen mayor bienestar para sus ciudadanos, que se desarrollan de manera coherente con los retos ambientales y humanos de nuestro siglo, se han forjado a partir de

Estados pequeños y ciudadanos responsables. Se han construido a partir de la responsabilidad individual y la cooperación espontánea y no obligada por una hondonada de reglas burocráticas. Olvidan que la libertad económica y el capitalismo son lo opuesto a la esclavitud y a la coacción.

La evidencia muestra que en los países con mayor libertad económica la tasa de pobreza es 3 veces menor, el índice de desarrollo humano es un 60% mayor y el índice de desarrollo ambiental es un 40% superior. Olvidan que es mejor incentivar el mérito y la creación de negocios, emprendimientos y empresas que los amiguismos y favoritismos mercantilistas que enriquecen a unos pocos. Olvidan también que los países son desarrollados en la medida en que tienen un tejido empresarial fuerte construido por el tendero en la esquina de un barrio, el emprendedor en el garaje de su casa o el científico motivado por sus descubrimientos. Olvidan que la riqueza no es una torta delimitada que debe repartirse. La riqueza se construye todos los días y su único limitante es el ingenio de la humanidad. Olvidan que no existe una máquina más eficaz para destruir la pobreza que las empresas privadas de negocios, Olvidan que no existe mejor programa social que un empleo digno porque premia el esfuerzo y genera movilidad social.

Hoy la institucionalidad se encuentra en peligro por un afán reformista, enfermo de anhelos y amnesias que olvidan el pasado. Atacamos las empresas, estigmatizamos a quienes producen empleo, a quienes generan desarrollo, y a la vez añoramos equivocadamente redentores absolutos que con un chasquido de dedos transforme esa realidad que nos incomoda porque nos exige. Hoy el mundo pide más de ustedes, que son sin duda a base de esfuerzo, responsabilidad y humanidad, el motor de transformación que necesita el país.

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