La pandemia nos sacó de la zona de confort a todos, pobres y ricos. Y se presume que el regreso a algún tipo de normalidad va a ser un proceso de largo alcance. Así lo aseguran los expertos en el tema refiriéndose a que personas e instituciones deben tomar conciencia de que las soluciones no son inmediatas ni están a la vuelta de la esquina. Esta situación confronta radicalmente nuestro estilo de vida. Cambió el trabajo y la educación. Ahora es necesario replantearse el descanso. En este sentido habrá que aprender a vivir con una serie de actitudes y conductas, que, aunque siempre han sido necesarios, ahora lo son más que nunca. El primero que se me ocurre es aprender a convivir con la incertidumbre. Se acabó el hecho de tener la vida contralada, asegurada en sus hechos más relevantes.

Al hablar de largo alcance vienen a la mente enseguida el hecho de que estamos ante una maratón o media maratón, no en 100 metros lisos. Conviene ajustar las expectativas a una realidad posible, no a una simplemente deseada. Si no se hace así la frustración estará a flor de piel. No se trata de esperar unos días. Tendremos más posibilidades de acertar si no vemos esta situación como de una temporada pasajera, si abandonamos una actitud de provisionalidad y comenzamos a ver las cosas como si fueran permanentes; así la imaginación se dispara y la capacidad de disfrutar es mayor.

Es necesario sacudirse de la esclavitud psicológica del trabajo. Al no existir un horario fijo, la tentación de seguir trabajando es mayor, sobre todo para personas responsables que no saben cuándo acabar, pues siempre hay cosas pendientes. También puede ocurrir que se sigue trabajando para no enfrentar otras realidades del hogar. Hacer pereza, que de vez en cuando está bien, puede ser negativo para jóvenes y mayores, cuando se hace sin moderación. Y si para oxigenar la mente se acude a la bebida en forma exagerada, la solución se convirtió en el problema.

El tiempo de descanso debe estar integrado en el horario semanal, en el espacio del que se dispone y debe tener en cuenta los peligros posibles. El hogar que ya es un lugar de aprendizaje y de trabajo, se debe convertir también en un centro de entretenimiento. Habrá que reinventar las actividades lúdicas en el hogar. Internet nos ofrece muchas posibilidades, y cada vez serán más variadas y sofisticadas, pero ¿qué hacíamos cuando no había internet? Habrá que echar mano a la historia, a los abuelos, para que nos cuenten cosas. Desde bordar hasta hacer artesanías. Seguir aprendiendo a cocinar y a dominar un instrumento musical, mejorar otro idioma, etc. No se trata de hacer algo mientras no se puede hacer vida normal, sino de integrar estas actividades en la vida diaria, de aprender a disfrutar de lo pequeño y sencillo de la vida. Por otra parte, hay que salir a la calle en la medida que se pueda. El contacto con la naturaleza, en plan familiar, es definitivo.

Otro capítulo está conformado con los amigos, pues la virtualidad abrió horizontes a la amistad. Las posibilidades de actividades compartidas se amplían. Clubes de lectura, cine club entre familias, tertulias temáticas, reuniones de antiguas promociones estudiantiles, campeonatos de ajedrez y dominó, concursos musicales, desfiles de modas, etc., etc. La tecnología lo permite todo. ¡Disfrutar de la vida es ahora!