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Analistas 22/02/2026

Mucho vale y poco cuesta

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

En tiempos donde el balance se define desde el tener y no desde del ser, conviene recordar que el bien más importante de una sociedad no sirve para comprar nada y que se llama familia.

En ese seno se forma el carácter, allí con el ejemplo se aprende, o no, que el respeto no es debilidad, que la lealtad no es ingenuidad y que el mérito no es una superstición burguesa sino la única forma de mejorar y triunfar. En la familia se funda esa pequeña comunidad moral donde se ensayan las virtudes que luego sostendrán a un país… caso contrario la inmoralidad lo hundirá.

George Washington afirmaba: “la educación del carácter es la base de la felicidad pública”, tenía razón, pues no hay reforma tributaria que compense un déficit de honradez e integridad. No hay plan de bonanza económica sostenible sin educación de familia, instrucción académica y experiencia en el trabajo. Esa secuencia familia con valores, buenos planteles educativos y experiencia en el hacer no es un ritual elitista sino una estrategia de movilidad social y desarrollo.

Sin embargo, vivimos en una cultura que celebra el dinero rápido y desprecia del esfuerzo sostenido. Donde el éxito se mide por la cuenta bancaria y no por el comportamiento honorable: Hacer zancadilla es “ser vivo” y el atajo es “malicia indígena” y la mala práctica se vuelve la cultura de los perdedores y las desgracias.

Aquí es donde está el reto para padres, profesores y líderes, pues además de formar con el buen ejemplo; ahora deben contradecir el ruido de la cultura corrupta, tramposa y mafiosa que se justifica en la plata o la posición mal habida. Enseñar que: el mérito no siempre es inmediato sino seguro; que los títulos no son para la pared sino una inversión en criterio; que la fe, sí, la fe, no es un adorno dominical sino una brújula interior. Martin Luther King Jr. lo definió así, “La inteligencia más el carácter: ese es el objetivo de la verdadera educación”.

Los planteles educativos importan mucho no solo por la calidad académica, sino por el ecosistema humano: los amigos suelen convertirse en redes de confianza, en socios, en compañeros de sueños. Ese capital social, que es esa suma de relaciones basadas en valores compartidos será la que propiciara en buena parte las oportunidades futuras. Elegir bien el entorno educativo y tener amigos bajo el criterio de lo que le enseñaron en la familia es sin duda un potenciador estratégico.

Pero cuidado, la instrucción académica sin ética produce tecnócratas mañosos y ciudadanos peligrosos, pues el talento sin principios es dinamita. Por eso la familia con principios y valores (educación) vuelve a ser el centro, pues es allí donde se aprende que el éxito no consiste solo en hacer dinero, sino en ganarlo con propósito. Que la riqueza más que acumulación es construcción; que el verdadero patrimonio es un legado de honorabilidad, tranquilidad y ejemplo.

La familia, entonces, no es un asunto privado sin impacto público, es la incubadora del capital humano, social y moral de una nación. Si queremos empresas competitivas, necesitamos hogares coherentes con sus principios y valores. Si aspiramos a instituciones fuertes, requerimos padres, profesores y lideres (jefes) valientes. Si soñamos con crecimiento sostenible, debemos invertir primero en formar carácter.

Al final, el propósito no es formar personas con bolsillos llenos, sino buenas personas, generosas y plenas. Profesionales y empresarios competentes que logren buenos ingresos, sí, pero también esposos y esposas amorosos, padres y madres presentes, ciudadanos responsables y ejemplares. Que puedan construir una vida feliz no solo por lo que tienen, sino por lo que son.

Tal vez la verdadera revolución, en esta época de ruido y superficialidad, sea volver a lo básico: comer juntos, reír juntos, llorar juntos, conversar sin distracciones, pedir con cariño, premiar el esfuerzo, cuidar a los niños y a los mayores, ayudar al que necesita, saludar con sonrisa, hablar de Dios sin vergüenza y celebrar el mérito sin modestia.

Porque la familia es la incubadora natural, y si allí florece el amor, la dignidad y la integridad, el país entero termina cotizando al alza.

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