viernes, 8 de mayo de 2020

A las 5:00 a.m. comenzaba su día, y como era costumbre, sintonizaba desde su inmensa biblioteca, la BBC de Londres, para luego salir a sus clases en una de las tantas universidades, o para ir a trabajar en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional o la Biblioteca Nacional. En la noche, nos acostumbró a la música de su máquina de escribir Remington gris metálica, hasta altas horas de la noche o de la madrugada. Las únicas excepciones del concierto nocturno de la máquina de escribir eran por las sesiones de la Academia de Historia o de la Lengua, que fueron sus otras dos pasiones.

Su rigor, exigencia y estudio hacían de cualquier conversación una clase profunda que recordar, con referencias literarias e históricas, o con notas bibliográficas que pocos podían rebatir e incluso aportar. Siempre escuchábamos atentos en la hora de la comida, o los fines de semana, dónde tampoco podían faltar los frijoles y las arepas antioqueñas.

Él, hijo de una bogotana Loboguerrero y su padre Santa de Manizales; con la crianza en un pueblo cafetero de colonización antioqueña en las estribaciones de la cordillera central en el departamento del Tolima, lo que lo hacía entender con facilidad cualquier cultura.

Una persona con unas convicciones tan profundas, que dejó de ejercer el derecho, porque creía en la justicia, pero decía que los abogados ganaban casos con argumentos en derecho, pero nunca en justicia. También hablaba de la necesidad de poder tener los mejores y más experimentados abogados como jueces, y no los recién egresados.

Sobre la política creía en los debates desde la ideología de los partidos, pero era un gran crítico de las candidaturas centradas en el caudillismo. En materia de violencia y ética, siempre hablaba de la necesidad de Colombia de identificar y reconocer héroes vivos para que sirvieran de inspiración y ejemplo.

En cuanto a la historia, decía que es importante seguir investigando y haciendo biografías de personas que han logrado hacer cambios para bien de este país y de la humanidad.

Sobre la educación, siempre reseñó la urgencia de incluir humanidades en todas las carreras, así como la importancia de la formación en ética y valores, y de reconocer la importancia mayúscula de los profesores de primaria y bachillerato, particularmente de la educación pública exigiendo que se escojan los mejores en preparación, idoneidad y principios.

En cuanto a la literatura, la necesidad de incentivar la lectura, la promoción de nuevos escritores y la publicación en papel de libros, como pieza viviente más allá de lo que está en el ciberespacio.

Hombre que sin adornos ni complicaciones hacía uso del mejor castellano, de las palabras más bonitas, amigo de sus amigos, dónde seguro hoy estará disfrutando con Carlos Medellín, Eduardo Carranza, Francisco Yezid Triana, Jorge Elías Triana, Antonio J. Arango, de las recetas de cocina de Lacydes Moreno y amenizadas con las épicas carcajadas de Otto Morales Benitez.
Gracias papá.