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Analistas 16/08/2026

El país que aparece cuando todo tiembla

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group
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En momentos así desaparecen las diferencias de creencias, ideologías o gustos. La realidad termina imponiéndose y nos recuerda que, frente a la adversidad, somos esencialmente personas con capacidad de sentir, creer y amar. La tragedia nos une alrededor de quienes han sido golpeados por la fuerza de la naturaleza.

Pareciera, incluso, que esa misma fuerza nos invita a agradecer lo esencial: estar vivos, tener familia y amigos, pero también recibir de personas desconocidas manifestaciones de solidaridad. De repente, cambian las prioridades y lo importante y lo urgente se encuentran para hacer y ser una fuerza casi divina.

No hay aporte pequeño. Lo vemos en la fuerza sobrehumana que hacen quienes remueven escombros; en quienes prolongan sus turnos en los hospitales; en quienes arman cocinas en la calle para mitigar el hambre de las víctimas y de esos héroes anónimos que trabajan como ángeles. Está también en quienes prestan maquinaria, abren las puertas de sus casas, donan dinero, alimentos, ropa, utensilios o medicinas. Está en quien generosamente ofrece su ternura y su hombro para mitigar la angustia y el dolor. Sin conocerse, todos hacen parte de un mismo círculo virtuoso.

Otro factor crítico de éxito es la capacidad organizativa, logística y de ejecución de las organizaciones de la sociedad civil (OSC) y organizaciones no gubernamentales (ONG) experimentadas, reconocidas y respetadas por su trayectoria, transparencia y resultados. No basta con tener buenas intenciones si los esfuerzos están desarticulados. Se necesita capacidad para coordinarse con las instituciones locales, regionales, nacionales e internacionales y, sobre todo, con quienes conocen el territorio y saben quiénes son las personas, familias y comunidades afectadas.

Por eso resultan tan importantes organizaciones con presencia territorial, experiencia y reconocimiento institucional como la Cruz Roja, la Defensa Civil, la Corporación Minuto de Dios, entre otras. Son capaces de convertir la solidaridad espontánea en ayuda pertinente y, sobre todo, de hacer que llegue a quienes realmente la necesitan.

Quienes tienen memoria o han estudiado las tragedias de Armero, Popayán y el terremoto que afectó al Eje Cafetero saben que esto corresponde apenas a la fase de manejo de la emergencia, que es solo el primer capítulo. Después viene otro nivel de dificultad: reconstruir vidas y familias, pero también viviendas, hospitales, colegios, carreteras, economías locales y, especialmente, la confianza.

Colombia ya tiene una experiencia extraordinaria que debería ser recordada: el Fondo para la Reconstrucción y Desarrollo Social del Eje Cafetero, Forec Allí, bajo una gerencia general, instituciones públicas, empresas privadas y organizaciones sociales trabajaron de manera coordinada durante varios años para reconstruir poblaciones enteras.

Entre muchos otros ejemplos, traigo a colación el trabajo de la industria de petróleo y gas en una población del Quindío, junto con la Fundación Compartir, que permitió construir un nuevo hospital y reconstruir un colegio. Los menciono no porque hayan sido los únicos ni los más importantes, sino porque conozco muy de cerca esos esfuerzos y porque ilustran una verdad que conviene no olvidar: cuando el sector público honrado, la empresa privada responsable y la sociedad civil comprometida trabajan coordinadamente, la solidaridad puede convertirse en una nueva realidad, digna y sanadora.

La Colombia que aparece cuando todo tiembla es la familia que invita y recibe a quien perdió su casa; es el líder que recoge donaciones; es el empresario que transforma su sistema para servir; es el artista que organiza eventos para cohesionar con un propósito humanitario; es el campesino que comparte lo que tiene; es el funcionario público que hace bien su trabajo; es la organización social que conoce y cohesiona el territorio alrededor de valores; son los millones de personas que, ante el dolor ajeno, simplemente toman la decisión de servir y cuidar a quienes sufren.

Esta tragedia es otra prueba que podemos superar. Pero también puede ser una oportunidad para algo más ambicioso: reconstruir no solamente las casas, los hospitales y la infraestructura, sino también aquello que un país necesita para avanzar: institucionalidad, confianza, probidad y unidad.

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