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Analistas 25/05/2025

Amor con cicatriz

Ramiro Santa
Presidente Sklc Group

En tiempos de inteligencias artificiales que escriben poesías y canciones a la carta, vale la pena detenernos y recordar a los poetas populares, artesanos del verso, que nos dejaron algunas de las letras más conmovedoras, escritas con la vieja técnica de la métrica, el ritmo y la rima.

A la memoria de mi corazón llega Ángel Agustín María Carlos Fausto Mariano Alfonso del Sagrado Corazón de Jesús Lara y Aguirre del Pino, conocido simplemente como Agustín Lara. Nacido el 30 de octubre de 1897 en Tlacotalplan México. Un hombre con una cicatriz que le atravesaba la cara. Se le atribuía a una enamorada que, cargada de celos lo atacó con una navaja de barbería, donde además de la cortada en labio y la mejilla le afectó la encía superior. Pero su arte atrajo a las mujeres más deseadas en aquel entonces.

Estuvo casado cuatro veces, la última, con su hija adoptiva Rocío Durán (1963–1967), en una decisión legal para heredarle sus bienes. Tuvo una relación tormentosa con la bellísima actriz María Félix (1945–1947), a quien amó con furia, con quien sufrió, y para quien escribió la inolvidable y dolorosísima “Noche de ronda”. La ruptura final ocurrió por unas joyas regaladas por un admirador a la actriz durante un viaje a Nueva York y Lara la acusó de infidelidad. También estuvo con la modelo Vianey Lárraga -48 años menor- durante dos años y medio. Pero dicen que su verdadero amor fue Esther Rivas Elorriaga, entre 1917 y 1925.

"Solamente una vez" la compuso como despedida a su amigo José Mojica, quien abandonó su vida artística para convertirse en sacerdote franciscano. Su canción más famosa probablemente sea “Amor de mis amores”, pero es difícil elegir la mejor entre joyas como “María Bonita”, “Piensa en mí”, el tango “Arráncame la vida”, “Palabras de mujer”, “Farolito”, o “Piénsalo bien”.

Agustín Lara administró con destreza un capital invaluable que fue el de las emociones y su principal activo que fue la poesía. Y como buen poeta, lo suyo no fue la literalidad de los datos, sino la verdad de los sentimientos.

Flaco, pálido, voz ronca con su infaltable cigarro y su interpretación desde el piano, Lara logró hacer de cada obra maestra literaria una canción arrolladora. Su poder estuvo en la exactitud emocional de sus letras con versos que se sienten … que tienen alma.

Su obra, a casi un siglo de distancia, sigue acumulando dividendos de afecto y respeto que no envejecen, que trascienden momentos y generaciones, pues lo heredamos del gusto de los abuelos y generaciones de principio del siglo XX.

En “Noche de ronda”, Lara encarna al abandonado que sigue esperando con la herida abierta. “¿Qué sabes tú si yo te quiero?”, pregunta con desgarro. Y no queda más remedio que sentir esa inmensa soledad como propia. No hay hipérboles, no hay gritos, solo un alma que se rompe en voz baja. Eso, precisamente, es lo que hace de esa canción una obra maestra del dolor sin estridencias.

Sus metáforas son cercanas. ¿Qué puede haber más universal que el anhelo, el desamor, el dolor y la ternura? Lara no compuso para los académicos de la literatura, sino para acompañar a la gente en la madrugada, entre un trago, una lagrima y una pena. Su poesía es consuelo y espejo.

En un vecindario geográfico como este, donde las palabras se usan para odiar, contrasta la figura de Lara, que las usó para amar. Este domingo, mientras la senda de la violencia y el daño persisten, tal vez convenga oír y cantar un bolero de Lara, para recordar que también en la poesía hay poder. Porque cuando todo parece desbordarse, aún queda ese recurso invisible y poderoso: un verso bien dicho, un piano, una voz que no grita, no violenta, pero estremece.

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