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Analistas 04/05/2021

Reconciliémonos, por favor

Paula García García
Conductora Red+Noticias

Para algunos, la culpa de la actual rebeldía la tiene Iván Duque, un presidente que a pesar de su juventud se muestra cerrado y testarudo. Para otros, el descontento nacional lo ha capitalizado Gustavo Petro a través de las redes sociales como su mejor plaza pública. Unos más, achacan la responsabilidad de la inconformidad del presente a los expresidentes Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos por dividir al país desde la época del plebiscito por la paz.

La verdad es que hay de todo un poco. Hoy, los colombianos somos el resultado de un revoltijo de discursos divisorios que han ido escalando en la agresividad de sus ataques, que nos contaminaron. La hostilidad que golpea de polo a polo nuestra geografía merece un alto en el camino. Lo que está pasando requiere trascender los apasionamientos políticos y exige madurez de la sociedad para no caer presa del populismo. ¡Urge una reflexión!

La energía que nos está robando la pandemia y sus catastróficos efectos nos tiene distraídos. No hay tiempo ni ganas para detenernos a examinar cuán desunidos estamos y el daño que tal nivel de polarización nos está causando. Por eso, ad portas de elegir un nuevo mandatario, la prioridad debe ser un proyecto de nación.

No necesita Colombia, en tan sensible momento, un candidato que prometa solucionarlo todo con ínfulas de mesías. Tampoco uno que pretenda ganar la contienda criticando y echando agua sucia a su antecesor. Lo que el país demanda es un líder que demuestre tener la capacidad, la voluntad y las maneras para reconciliarnos.

De la anarquía no quedan sino los daños, pero también una lectura de patria muy preocupante. Llegó el momento de apaciguar las aguas, de superar las culpas para salir del estancamiento, de cambiar el tono del debate público.

Nos está pasando cuenta de cobro en las calles, en el apoyo popular a las iniciativas del Gobierno, en el consenso político y hasta en el relacionamiento con nuestros congéneres todos estos años en los que permitimos que se alimentara una Colombia de bandos. Nos perdimos el respeto, nos volvimos enemigos.

Al cumplir sus primeros 100 días al frente de la Casa Blanca, el presidente Joe Biden invitaba a los estadounidenses a unirse para salvar el alma de la nación. Nada más cercano a lo que nuestra realidad necesita. Nos convertimos en un pueblo fragmentado, que se acostumbró al conflicto. Alentados por los extremos y los radicalismos terminamos, quizá sin darnos cuenta, participando en la construcción de un país que ahora tiene el alma herida. Un país que ya ni siquiera honra a sus instituciones.

La política no tiene corazón, mas sus destinatarios sí. Que las rencillas partidistas no nos sigan envenenando. Que los mensajes incendiarios dejen de manipularnos. Si el país se desbarata, producto de la desunión, todos caeremos con él. ¿A quién le conviene un escenario así? Reencontrarnos para recomponernos debe ser el fin.

Ante el hartazgo, salir corriendo a vivir al extranjero es algo que podrán hacer solo unos pocos. Entre todos debemos resguardar una democracia que patalea por mantenerse en pie. Esa misma que permite que alcemos nuestra voz ante las insatisfacciones mientras reclama altura en las formas. Colombia es nuestro mayor bien común. El más valioso. Aquí está todo lo que somos.