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Analistas 02/12/2020

La paz en armas

Paula García García
Conductora Red+Noticias

Acompañado de un individuo que no deja ver su rostro y en medio de la selva, Jesús Santrich intenta legitimar su disidencia. Un acalorado debate en el congreso, con más defensores que detractores, puso a retumbar su nombre en la agenda nacional, y ahora, desde la clandestinidad, justifica su regreso a la lucha armada.

El hombre que partió en dos la historia del posconflicto asegura ser víctima de una red de mentiras. En su más reciente aparición pública se muestra indignado y a la vez altivo. Cuestiona a quienes lo consideran traidor a la paz y dice perdonar a la par de múltiples reproches. Apuntando a todos los frentes posibles, Santrich responde a un país que encuentra en su vuelta a la insurgencia el nuevo motivo de polarización.

Mientras el exfiscal Néstor Humberto Martínez refuta a aquellos que lo acusan de haber orquestado un montaje para afectar el proceso con las Farc y sus malquerientes cierran filas en su contra, la sociedad toma partido. Sin embargo, hay algo que no cuadra: ¿es posible hablar de perdón e invitar a la reflexión con un fusil al hombro?

De nuevo, el show mediático distrae a los colombianos. De nuevo, la lectura de fondo se desvanece. Más allá de los cuestionamientos sobre el entrampamiento y los dimes y diretes subidos de tono, la discusión debería centrarse en el discurso incoherente con el que un criminal irrespeta a todo un país. ¡Con armas no se puede hablar de paz! La sola escena va contravía del concepto mismo.

No huye por una ventana quien nada teme. El inocente da la cara, se queda y se defiende en el marco de la legalidad. Colombia no puede caer en el juego de dejarse dividir por un personaje que encuentra en la intimidación, las armas y la violencia las herramientas para confrontar en nombre de la paz. ¡Es un sinsentido! Tampoco puede dejarse manipular por quienes afanosamente buscan una bandera para enarbolar con miras a las elecciones presidenciales de 2022.

A Santrich se le debe perseguir como el bandido que decidió volver a ser y el proceso de implementación de los acuerdos y el posconflicto ―con sus luces y sombras―, está en la obligación de trascender tal falta de compromiso. Los más de 13.000 excombatientes acreditados en el proceso de reincorporación merecen otro tipo de debates.

Yo quisiera agradecer a quienes confiando en nuestras razones también creyeron en el proyecto de reconstrucción de la Farc-EP, señala Santrich en un tono que le resulta tan cómodo que molesta e inquieta. Deja claro que su propuesta no es otra que la de una paz en armas. Es un peligro que semejante despropósito termine por encontrar adeptos entre los que se autoproclaman defensores de la institucionalidad.