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Analistas 10/08/2021

Geopolítica, medallas pendientes

Paula García García
Conductora Red+Noticias

Terminaron los Juegos Olímpicos de Tokio y, más allá del vacío que nos dejan, el balance es el de siempre. Estados Unidos, China, Gran Bretaña y la representación rusa acapararon, como es costumbre, el mayor número de glorias. Japón, de local, mostró un interesante ascenso al quedarse con el tercer puesto, mientras que la tan golpeada Venezuela se dio un baño de popularidad por cuenta del espectacular récord mundial que rompió Yulimar Rojas. El saldo no genera grandes sorpresas, pero sí amerita varias lecturas.

En un momento de relaciones sensibles, de un manto de dudas sobre el origen del nuevo coronavirus y un pulso feroz por decretar hegemonías, el gigante asiático, a punta de medallas doradas, puso a temblar la superioridad de la potencia del norte que, al final, por la mínima diferencia, acabó por imponerse. Desde Beijing 2008 intenta China repetir la hazaña de sobrepasar en oros al competidor político que le quita el sueño. Un asunto para nada menor.

Los destellos de una de las principales enseñanzas de la Guerra Fría, el deporte como herramienta de influencia geopolítica, volvieron a brillar. En medio de extraordinarias dotes y técnicas perfectas, presenciamos una muy reñida contienda. Pese a ser un secreto a voces, lejos seguimos los latinoamericanos de sacarle el debido provecho a tan útil instrumento. Cada medalla que se gana, cada podio que se alcanza, representa una cuota de proyección internacional para los países y, en estos tiempos en los que la tecnología reina, se traduce, además, en cientos de búsquedas en Google acerca de la cultura y particularidades de una nación. Se trata de terrenos, casi intangibles, por los que se mueve muy bien el poder de seducción y avanzan, con sigilo, las estrategias de penetración.

Colombia, que tuvo un retroceso frente a lo alcanzado en Río 2016, queda con varios pendientes. Sobretodo ahora cuando existe un Ministerio del Deporte que supone elevar el estatus al tratamiento que se da a la materia. La cartera tiene la responsabilidad de demostrar que no fue creada para aumentar el cáncer de la burocracia y el reto de convertirse en uno de los pocos legados importantes del Gobierno Duque. Los $696.000 millones de presupuesto asignado deben verse reflejados, entre otras cosas, en la gestión de semilleros y en apoyos económicos serios desde mucho antes de que nuestros deportistas, saltando matones, lleguen a ser premiadas estrellas.

¡Hay que parar ya con las historias de atletas que no tienen zapatos para entrenar! El deporte de alto rendimiento debe ser visto como una industria que amerita inversión, no caridad. El tremendo complejo deportivo que inauguró en Guachené el futbolista Yerry Mina, en un país con visión, tendría que haberlo proveído, por ejemplo, desde hace muchos años el Estado.

Hacen parte de los pendientes, también, el relevo generacional y la incursión en otras disciplinas. ¿En dónde están las nuevas Marianas y Caterines? ¿Por qué hay tantas modalidades en las que no clasificamos para estar en los Olímpicos? Las tareas son varias en una tierra que se da el lujo de parir talentos naturales en abundancia, pero que, a la par, carga con la necesidad imperiosa de dar un vuelco a su imagen. A esa reputación que, cada tanto, resulta cuestionada ante el mundo.