Analistas

Un “debate” fraudulento sobre los impuestos

Hace poco, Stan Collender de la revista Forbes escribió un debate característicamente perceptivo de la farsa presupuestaria en curso en Estados Unidos, haciendo referencia a “Casablanca” y la famosa línea: “Reúne a los sospechosos de siempre”.

Me pareció que era el lema perfecto para lo que estaba viendo, aunque me estoy centrando en aspectos algo distintos de la farsa.

Verán, hasta hace algunos días el discurso de venta de Trump era un poco distinto de los argumentos republicanos del pasado para recortar impuestos, pues incluía (a) una nueva invocación a los supuestos beneficios de las enormes entradas de capital de recortes fiscales corporativos y (b) mentiras descaradas a una escala sin precedentes.

Sin embargo, lo que he visto últimamente es el regreso de la fraudulencia más tradicional de la era de Bush, en dos rubros en particular. Primero, el argumento de que los ricos casi pagan todos los impuestos —y por eso, claro está, tienen que obtener la mayor parte del recorte fiscal— y, en segundo lugar, el argumento del enorme crecimiento.

Respecto al primero: tal vez piensen que había alguna contradicción entre la afirmación incesante de que este es un recorte fiscal para la clase media y la de que los ricos merecen llevarse la mayor proporción de dicho recorte. No obstante, el razonamiento contradictorio es clave para toda la empresa.

De cualquier modo, el argumento de quién paga impuestos es uno muy familiar para quienes ya tenemos algunos años: decir “impuestos” cuando lo que en realidad quieres decir son impuestos sobre la renta federales, como si fueran los únicos que hubiera.

En realidad, aunque el impuesto sobre la renta federal efectivamente lo pagan en su mayoría gente con ingresos elevados, está lejos de ser el único impuesto. A nivel federal, la mayoría de la gente paga más en impuestos sobre la nómina

que en impuestos sobre la renta, y el impuesto sobre la nómina es en verdad regresivo.

Los impuestos estatales y locales también son un gran problema y, en definitiva, son regresivos. Los esfuerzos para calcular la distribución general de los impuestos encuentran un sistema que no es particularmente progresivo; los ricos pagan mucho, pero también reciben muchos ingresos y las acciones básicamente son intocables.

Paralelamente, sí, el presidente Ronald Reagan recortó impuestos y presidió un crecimiento económico promedio de más del tres por ciento. Pero, ¿saben quién más presidió un crecimiento de más del tres por ciento? Bill Clinton. Y Jimmy Carter. Pocos se dan cuenta de que el desempeño económico general con Carter fue bastante bueno, pero sus tiempos no eran los adecuados: un rápido crecimiento en los primeros años, una recesión (e inflación) y se acabó.

En cualquier caso, al sostener que Reagan o Clinton son un modelo, una razón para creer que el crecimiento del tres por ciento es fácil de alcanzar, se ignora un enorme factor: la demografía. Durante el gobierno de Reagan, la última parte de la generación de los baby boomers acababa de entrar a sus principales años de trabajo; en estos días ya vamos de salida. De tal modo que invocar el crecimiento de la era de Reagan para justificar proyecciones excéntricas ahora es ignorante, deshonesto o ambos.

Por supuesto que en realidad no debería sorprenderme ver algunos de los buenos y viejos argumentos falsos reaparecer junto con un nuevo conjunto de mentiras. Mi experiencia a lo largo de los años ha sido que la derecha nunca cede respecto de un argumento, ni siquiera si es una contradicción llana de otro que están defendiendo. Arrojan todo lo que tienen a la pared con la esperanza de que algo de eso se quede pegado a ella. Lo mismo pasa con el “debate” fiscal.