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En ese entonces, sostuve que el trabajo no calificado que tiene que ver con el mundo físico -emplear gente como jardineros, mucamas y enfermeras- sobreviviría aun cuando desaparecerían muchos empleos que requerían títulos universitarios. Resulta que los big data han llevado a más progreso en algo que se parece a la inteligencia artificial que pronostiqué: los coches autónomos están más cerca de la realidad de lo que me hubiera imaginado, y quizás sigan robots jardineros y aspiradoras robóticas post Roomba. No obstante, el argumento sobre el desplazamiento relativo de los trabajados cognitivos versus los trabajos manuales parece seguir en pie.
Un comentario al margen: dada la forma en que funciona Google Translate y otras aplicaciones similares, la famosa discusión de la Habitación China del filósofo John Searle (stanford.io/2mFcnlA) no parece tan tonta como yo solía creerlo.
De cualquier forma, el punto de Kaminska sobre la capacidad disruptora de dicho cambio tecnológico es algo que deberíamos tomarnos en serio. Después de todo, ya ha pasado antes. El efecto inicial de la Revolución Industrial fue una sustancial reducción en la habilidad requerida en la producción de bienes. Los luditas eran, en su mayor parte, no proletarios sino artesanos calificados; eran hiladores que constituían cierto tipo de aristocracia laboral y que encontraron que sus habilidades resultaron devaluadas por el telar mecánico. A largo plazo, la industrialización llevó a salarios más altos para todos, pero para cumplirse el largo plazo requirió de varias generaciones.
Por tanto, es una cosa interesante. Sin embargo, yo señalaría que sigue siendo peculiar cómo nos estamos preocupando simultáneamente por la posibilidad de que los robots tomen nuestros empleos y lamentamos el estancamiento del crecimiento en la productividad. ¿Realmente de qué se trata?
Durante décadas, la ecuación dentro del sector tecnológico parecía clara: más ingenieros, más talento humano y más capital significaban más innovación. La inteligencia artificial está empezando a alterar esa fórmula
Según la medición del Instituto de Ciencia Política Hernán Echavarría Olózaga (Icp), el Centro Democrático obtuvo un lánguido puntaje de afinidad con la libertad económica de 68,94 en la Cámara y de 75,91 en el Senado, siendo un partido “parcialmente afín”
Esta polarización obliga a los países productores a redefinir sus alianzas comerciales bajo un clima de volatilidad extrema, donde la neutralidad es cada vez más difícil de sostener