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Los peligros de atesorar efectivo

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Hay mucho de qué hablar sobre el atesoramiento de efectivo de Apple, lo que de hecho resulta increíble: supuestamente es nuestra compañía tecnológica de punta, y aparentemente no puede encontrar cosas en las que quiera invertir. O para ser más preciso, dadas sus increíbles ganancias, no puede encontrar suficientes cosas que hacer con todo el dinero que gana.

Así pues, he tenido una discusión apacible con el economista Joe Stiglitz sobre si la desigualdad individual del ingreso está retrasando la recuperación en este momento; permítanme decir, empero, que creo que hay un muy buen caso de que la redistribución del ingreso del trabajo a las ganancias corporativas muy probablemente sea un factor importante. Veamos el gráfico de las ganancias corporativas como porcentaje del PIB. 

 
Las corporaciones se están llevando una rebanada mucho más grande del ingreso total – y están mostrando poca inclinación por volver a redistribuir esa rebanada entre los inversionistas o por invertirla en nuevo equipo, programas computacionales, etc. En cambio, están acumulando montones de dinero. 
 
Todavía la Ley de Say luego de todos estos años. 
 
Cuando el economista John Maynard Keynes escribió “The General Theory of Employment, Interest and Money” hace tres generaciones, estructuró sus argumentos como refutación a lo que llamó “economía clásica”, y particularmente a la Ley de Say, la propuesta de que en cierto punto el ingreso debe gastarse y de ahí que nunca puede haber una deficiencia general en la demanda. Desde entonces, los historiadores del pensamiento han discutido sobre si fue una caracterización justa de lo que realmente creían los economistas clásicos, o en cualquiera de los casos los oponentes intelectuales del propio Keynes. 
 
No siendo un gran historiador, no me aventuraré a dar una opinión sobre el tema. Lo que sí diré, empero, es que la Ley de Say (¿La falsa Ley de Say? ¿La Falacia de Say?) es algo que los oponentes de la economía keynesiana invocan constantemente hasta la fecha, cayendo exactamente en las mismas falacias que Keynes identificó en 1936. 
 
Anteriormente he notado que los economistas Brian Riedl y John Cochrane lo hacen; Peter Dorman, en una publicación reciente en su blog, descubrió que Tyler Cowen se les ha unido. 
 
El Sr. Cowen no puede ver por qué es un problema el atesoramiento corporativo. Al igual que los señores Riedl y Cochrane, concede que pudiera haber algún problema si las corporaciones literalmente apilaran montones de verdes, pero sostiene que es completamente distinto si ponen el dinero en un banco, que lo prestará o lo usará para comprar valores, que pueden usarse para financiar el gasto de alguien más. 
 
Pero, por supuesto, no hay ninguna diferencia. Si pone dinero en un banco, éste simplemente podría acumular exceso de reservas. Si compra valores a alguien más, el vendedor podría poner el dinero bajo el colchón, o ponerlo en un banco que simplemente lo incorpore a sus reservas, etc. El punto es que comprar productos y servicios es una cosa, lo que suma directamente a la demanda agregada; comprar activos no es para nada lo mismo, especialmente cuando estamos en el límite inferior cero. Lo deprimente de todo esto es que la Ley de Say es una falacia primitiva – tan primitiva que Keynes ha sido acusado de atacar a un hombre de paja. No obstante, esta falacia primitiva, decididamente refutada hace tres cuartos de siglo, sigue jugando un papel central en la distorsión de la discusión económica y sigue agobiando nuestras políticas de respuesta ante la depresión.
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