Analistas

La profunda negación de Europa

Al economista Tim Duy recientemente le preguntaron en su blog: “¿Cuándo vamos a poder admitir todos que el euro es un fracaso?”. La respuesta, por supuesto, es nunca.

Demasiada historia, demasiadas declaraciones, demasiado ego se ha invertido en la moneda única como para que los involucrados jamás admitan que tal vez cometieron un error. Incluso si el proyecto termina en un desastre total, insistirán en que el euro no le falló a Europa – Europa le falló al euro.

 
Pero se me ocurre que podría ser una buena idea que recapitule mi opinión sobre lo que realmente aqueja a Europa, y lo que aún podría hacerse.
 
Entonces, empecemos con Europa tal como estaba a finales de la década de 1990. Era un continente con muchos problemas, pero nada que se asemejara a una crisis, y no había muchas señales de que estuviera en un camino insostenible. Y después llegó el euro.
 
El primer efecto del euro fue un brote de euforia: repentinamente, los inversionistas creyeron que toda la deuda europea era igualmente segura. Las tasas de interés cayeron en toda la periferia europea, enviando enormes flujos de capital a España, Grecia y otras economías similares.
 
Estos flujos de capital alimentaron enormes burbujas inmobiliarias en muchos lugares, y en general crearon auges en los países que recibían los influjos.
 
Los auges, a su vez, provocaron una inflación diferenciada: los costos y los precios crecieron mucho más en la periferia que en los países centrales como Alemania y Francia. Las economías periféricas se volvieron cada vez menos competitivas, lo que no era un problema mientras duraran las burbujas alimentadas por el influjo, pero que se volvería un problema una vez que los influjos de capital pararan.
 
Y efectivamente pararon. El resultado fueron graves crisis en las economías periféricas, que perdieron mucha demanda interna pero que siguieron siendo débiles en términos de demanda externa gracias a la pérdida de competitividad.
 
Esto expuso el profundo problema con la moneda única: no hay forma fácil de que un país miembro se ajuste cuando sus costos están desalineados. En el mejor de los casos, las economías periféricas se encontraron frente a un periodo prolongado de alto desempleo mientras lograban una lenta “devaluación interna”.
 
El problema se exacerbó enormemente, empero, cuando la caída en los ingresos combinada con la posibilidad de una debilidad económica prolongada llevaron a déficits presupuestales grandes y a preocupaciones de solvencia, incluso en países que entraron a la crisis con superávits presupuestales y poca deuda, como España. Hubo pánico en el mercado de bonos – y como condición de ayuda, el centro europeo exigió duros programas de austeridad.
 
La austeridad, a su vez, llevó a caídas más profundas en la periferia – y debido a que la austeridad periférica no fue compensada con expansión en el centro, el resultado fue una caída en toda la economía europea. Una consecuencia ha sido que la austeridad está fallando incluso en sus propias condiciones: indicadores claves como proporciones de deuda/producto interno bruto han empeorado, no mejorado.
 
En un par de puntos, este feo panorama ha amenazado con crear un resquebrajamiento europeo inmediato, con inestabilidad política causando una pérdida de confianza financiera que provocó una corrida contra la deuda soberana que provocó una corrida bancaria y así por el estilo en un círculo vicioso. Hasta el momento, empero, el Banco Central Europeo (BCE) se las ha ingeniado para contener la amenaza del colapso interviniendo, directa o indirectamente, para apoyar la deuda soberana. Pero aunque el pánico financiero ha sido contenido, la situación macroeconómica subyacente simplemente sigue empeorando.
 
¿Qué podría estar haciendo distinto Europa? Desde el principio de la crisis, críticos como yo urgimos una respuesta tripartita. Primero, intervención del BCE para estabilizar los costos de endeudamiento. En segundo lugar, una agresiva expansión monetaria y fiscal en los países del centro para aliviar el proceso de ajuste interno. En tercer lugar, un relajamiento de las exigencias de austeridad sobre los países periféricos – no cero austeridad, sino menos, de tal forma que los costos humanos fueran menores. Eventualmente nos dieron la primera parte, más o menos, pero nada de la segunda y la tercera.
 
Y las autoridades europeas siguen en profunda negación sobre los elementos fundamentales de la situación. Siguen definiendo el problema como algo relacionado con el despilfarro fiscal, que sólo es parte de la historia incluso en el caso de Grecia, y que no aplica para nada en el resto. Siguen declarando el éxito de la austeridad y de la devaluación interna, usando cualquier excusa a mano: un falso aumento en la productividad medida en Irlanda se convierte en evidencia de que la devaluación interna está funcionando; la caída en el rendimiento de los bonos luego de la intervención del BCE es proclamada como reivindicación de la austeridad.
 
Así que aquí estamos. Y es difícil imaginarse un final feliz.