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Grecia quedó atrapada en una eurotrampa

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No tengo motivos para dudar que haya cosas importantes que deberían cambiar, y que Grecia estaría mucho mejor si el país de alguna forma pudiera romper las barreras políticas que le están impidiendo hacer estos cambios.

Pero sostendría que es muy, muy equivocado señalar factores que están limitando la productividad en Grecia y después afirmar que esos factores son la “causa” de la crisis griega. La baja productividad supone un precio para cualquier economía; normalmente no crea (ni tiene por qué crear) una crisis financiera y una enorme depresión deflacionaria.

Consideremos, por ejemplo, una comparación entre Grecia y Polonia. Este último país, como Grecia, existe en la periferia de Europa, y pese a ello está fuertemente vinculado con el resto de la economía del Continente.

Polonia también es un país con relativamente baja productividad para los estándares del noroeste de Europa.

Pero no ha tenido una crisis estilo griega, ni en realidad crisis alguna. Más bien, Polonia ha ganado fuerza en medio de la turbulencia de los últimos años.

¿Cuál es la diferencia? La principal respuesta, sin lugar a dudas, es el euro. Al adoptar el euro, Grecia primero trajo un enorme influjo de capital, y después terminó en una trampa, incapaz de lograr una necesitada devaluación real sin una deflación increíblemente costosa.

Cada vez que alguien afirma que los problemas de Grecia realmente están del lado de la oferta, uno no debería preguntarse si el país tiene problemas ofertistas (que sí los tiene), sino por qué llevarían a un colapso.

Grecia parece tener aproximadamente 60 por ciento de la productividad de Alemania, lo que significa que debería tener salarios reales de apenas alrededor de 60 por ciento de los de Alemania. No debería tener una tasa de desempleo del 25 por ciento.

Multiplicadores: Lo que tendríamos que haber sabido

El Fondo Monetario Internacional (FMI) publicó recientemente una excelente entrevista con Olivier Blanchard, el economista en jefe saliente de la organización.

Y Blanchard dice lo correcto respecto del cambiar de formar de pensar: “El tema que me ha impactado es cómo indicar un cambio de opinión sin desencadenar titulares de ‘errores’, ‘incompetencia del Fondo’ y así por el estilo. En este caso, estoy pensando en los multiplicadores fiscales. La subestimación del lastre sobre la producción de la consolidación fiscal no fue un ‘error’ en la forma en que la gente concibe los errores, como por ejemplo mezclar dos celdas en una hoja de Excel. Se basó en una cantidad sustancial de evidencia previa, pero evidencia que resultó ser engañosa en un ambiente donde las tasas de interés están cercanas a cero y donde la política monetaria no puede compensar los efectos negativos de los recortes presupuestales. Recibimos muchos reproches por haber admitido la subestimación, y sospecho que en el futuro seguiremos escuchándolos.

Pero, al mismo tiempo, creo que nosotros, el Fondo, elevamos sustancialmente nuestra credibilidad, y utilizamos mejores supuestos posteriormente. Fue doloroso, pero útil”. (Lea la entrevista aquí: shar.es/1708Ry.) Efectivamente.

Hay muchas personas cuya idea de un argumento sustancial es “usted solía decir X, pero ahora dice Y”; sin importar los motivos por los que uno cambió de parecer, o si fue correcto hacerlo. Es importante no caer en la trampa de tener miedo de permitir que hablen la evidencia o análisis nuevos.

Sin embargo, en este tema en particular, el FMI debió haberlo sabido. Blanchard dice que la evidencia “resultó ser engañosa en un ambiente donde las tasas de interés están cercanas a cero y donde la política monetaria no puede compensar los efectos negativos de los recortes presupuestales”.

¿Pero no lo sabíamos ya? Ciertamente, yo sí.

Y también permítanme que toque uno de mis tambores favoritos: la experiencia ha confirmado abrumadoramente la predicción de que los multiplicadores serán mucho más grandes en una trampa de liquidez.

Entonces, se trató de otra victoria más para el análisis keynesiano; la historia de éxito que nadie creerá.

Examinando las raíces de una crisis

En un informe para el Instituto Brookings publicado a principios de mes, los economistas Yannis Ioannides y Christopher Pissarides sostienen que muchos de los problemas económicos de Grecia pueden atribuirse no solo a la gran carga de deuda de la nación, sino también a los problemas económicos subyacentes que gobiernos sucesivos no han podido encarar.

De acuerdo con un resumen del informe: “Mientras que la deuda griega es demasiado alta para permitir flexibilidad al gobierno en sus políticas presupuestarias, Grecia también sufre de graves problemas estructurales como baja productividad y falta de competitividad. Desde que se unió a la zona del euro, el gobierno griego recabó menos impuestos que lo que gastó, la economía consumió más de lo que produjo y tuvo que importar muy por encima de sus exportaciones”.

En su documento de investigación, Ioannides y Pissarides afirman que incluso si la enorme carga de deuda de Grecia fuera aliviada, la economía de la nación no podría crecer a una tasa comparable con la de sus vecinos sin la implementación de extensas reformas para estimular la competitividad en varios sectores comerciales.

La economía del país ha caído otra vez en recesión luego de un prolongado punto muerto con sus acreedores. La continua incertidumbre en torno al futuro de Grecia ha causado que una enorme cantidad de capital huya del país, y un nuevo acuerdo de rescate firmado en julio someterá a Grecia a aun más medidas de austeridad. Muchos analistas esperan que la economía del país se contraiga en al menos 2 por ciento este año.

Los votantes griegos irán a las urnas a finales de este mes _ por tercera vez en menos de un año _ para elegir un nuevo gobierno. El Primer Ministro del país, Alexis Tsipras, renunció en agosto luego que los miembros de ala izquierda de su Partido Syriza se rehusaran a apoyar el nuevo acuerdo de rescate de Grecia, dejando Tsipras sin una mayoría de gobierno efectiva.

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