Analistas

Encontrando equilibrio en una era de cambio

(Una adaptación del discurso de graduación de Paul Krugman pronunciado en Bard College at Simon’s Rock, en Great Barrington, Massachusetts, el 21 de mayo de 2016).

Entonces, ¿de qué puedo hablarles? No voy a darles consejos profesionales, excepto por lo obvio: trabajen duro y sigan enfocados. Tampoco puedo clamar ninguna experiencia especial en el arte de vivir, aunque me gusta pensar que he aprendido un poco sobre satisfacciones de la vida. Principalmente, lo que intentaré hacer es hablar sobre ser ciudadano: un ciudadano de Estados Unidos, si es lo que son; de lo contrario, un ciudadano de cualquier lugar donde se encuentre su casa, y un ciudadano del mundo, siempre. Y particularmente, quiero hablar sobre la actitud que deben tener para ser buenos ciudadanos, que según pienso también es otra actitud importante para aprovechar al máximo su vida.

Lo que deben hacer, a nivel político y personal, es intentar un poco de equilibrio difícil de mantener.

Para ser un buen ciudadano, deben reconocer tanto lo bueno como lo malo, y enfrentar las cosas que han salido mal sin descartar las cosas que han salido bien. Deben ver que la respuesta a la pregunta de si el vaso está medio lleno y medio vacío es las dos cosas, pero podemos intentar llenarlo más, y es nuestro deber hacer todo lo que podamos para que eso ocurra.

Primero que nada, hablemos de este mundo en el que se están graduando, y sobre cómo ha cambiado respecto al mundo que enfrenté en el mismo punto de mi vida. Ahora llega el momento en que digo con voz de viejo “Cuando tenía su edad…” y saben, aunque no lo crean, alguna vez tuve su edad.

Me gradué de la universidad en 1974, que fue el final de un largo periodo donde los estándares de vida y las oportunidades crecieron constantemente después de la II Guerra Mundial. De hecho, fue un año de recesión, pero todos esperábamos que los buenos tiempos volvieran pronto. No recuerdo que ninguno de mis compañeros de clase estuviera preocupado por ganarse la vida, o por no pertenecer firmemente a la clase media.

Aunque no nos preocupaba terminar siendo pobres, tampoco pensábamos mucho en volvernos ricos. Exitosos, sí, pero en la década de 1970 simplemente no había muchos súper ricos, y ni siquiera parecía una meta por la que valiera la pena luchar. Pocos años después, cuando había terminado mis estudios de posgrado en economía, todo mundo quería una carrera académica que fuera prestigiosa y, esperábamos, interesante. Los malos estudiantes, incapaces de hacerse de un puesto como profesores asistentes, eran los únicos pobres tipos que tenían que aguantarse e irse a Wall Street.

Por raro que resulte decirlo, ahora son los que tienen múltiples mansiones. Pero ya saben, no creo que hubiera querido seguirlos incluso de haber sabido que así iban a salir las cosas. Pienso que incluso entonces, entendía que aunque es bueno tener tanto dinero que no hay necesidad de preocuparse por éste, tener montones y montones realmente no sirve de mucho.

Lo que recuerdo de mi graduación en ese entonces es haberme sentido muy tranquilo con respecto a mis perspectivas personales. Tenía todas las ansiedades respecto de la vida, el amor, el universo y todo lo que tiene la gente de esa edad, la de ustedes, pero no me preocupaba ser pobre, no tenía expectativas de volverme rico, por lo que la vida no se sentía como una pista con obstáculos que muchos no terminaríamos.

Ahora, por supuesto, así se siente. Cuando hablo con estudiantes, incluso con estudiantes de instituciones prestigiosas como Princeton, donde impartí clases hasta hace poco, casi todos parecen tener la sensación de estar en una carrera desesperada, donde el fracaso por terminar casi al frente será desastroso.

Y si bien pudieran sentirse más ansiosos de lo que realmente deberían (incluso ahora pueden tener una vida muy satisfactoria sin ganar cientos de millones o miles de millones de dólares), su sensación de que están en una carrera de ratas donde se juegan mucho no es solo un estado mental. Realmente nos hemos convertido en una sociedad vastamente más desigual donde pocas personas ganan increíbles sumas de dinero, mientras que las familias ordinarias sufren para pagarse algunas cosas clave que resultan necesarias, especialmente un ambiente decente y educación para sus hijos. Por tanto, tiene sentido preocuparse por si llegarán al círculo mágico, y por qué harán si no llegan.

Todo esto hace que el mundo al que están entrando sea muy distinto al mundo en el que me gradué; un mundo peor en algunos aspectos importantes para alguien con la posición que tenía entonces.

Pero, fíjense en cómo lo parafrasee: para alguien en mi posición. Verán, era un hombre blanco heterosexual que también tuvo la fortuna de alcanzar la mayoría de edad en un momento en que el antisemitismo ya no era socialmente aceptable. De haber sido mujer, o una persona de color, o de distinta orientación sexual, las cosas hubieran sido duras e incluso limitantes incluso en 1974. Y pocos años antes hubieran sido mucho peores.

Entonces, aunque la lucha por el dinero se ha vuelto más dura y fea, en otros aspectos el mundo definitivamente ha mejorado.

Ahora bien, no estoy diciendo que el sexismo, el racismo y otras formas de prejuicios hayan desaparecido. ¡Basta con ver las elecciones presidenciales de este año! Sin embargo, mucho de lo que está motivando la vileza sin lugar a dudas es la sensación que tiene alguna gente de que el monopolio tradicional del hombre blanco sobre el poder y estatus está bajo amenaza.

¿Y saben qué? Tienen razón.

Si la mala noticia sobre la forma en que Estados Unidos ha cambiado desde que tenía su edad es que se ha vuelto enormemente más desigual en términos del ingreso, la buena noticia es que se ha vuelto mucho más tolerante y abierto en otras formas.

Permítanme darles un ejemplo donde podemos ponerle números al cambio. Resulta ser que Gallup ha estado preguntando a los estadounidenses desde hace mucho tiempo si aprueban el matrimonio interracial. Así que podemos remontarnos a mis días de juventud para revisar rápidamente las actitudes raciales; y eran verdaderamente increíbles, en el peor de los sentidos. La década de 1960 fue la Era de Acuario, 1967 fue el Verano del Amor; y en 1969 solo 17 por ciento de los estadounidenses blancos aceptaba el matrimonio entre negros y blancos. Una pluralidad seguía desaprobándolo en la década de 1980. Pero actualmente, casi nadie admite tener problemas con que gente de distinto color se case.

Incluso más recientemente, hemos visto un drástico mar de cambio con respecto a otra cuestión matrimonial: repentinamente, la mayoría de los estadounidenses también está de acuerdo con el matrimonio entre gente del mismo sexo. Eso es increíble para cualquiera que recuerde eventos tan recientes como las elecciones de 2004; me gusta decir que George W. Bush contendió, y ganó, presentándose como el defensor de Estados Unidos contra terroristas gay casados. No obstante, desde entonces hemos tenido otro brote enorme de tolerancia y decencia.

¿Las cosas han mejorado o empeorado, en general, desde que fui joven? Bueno, las dos cosas. Pero diría que en general, somos una sociedad mejor, experimental y moralmente. También, de paso, la comida ha mejorado, y el café se ha vuelto infinitamente mejor. Créanme, no tienen idea.

Y si nuestra política parece una locura en estos momentos, bueno, probablemente sea un subproducto de las buenas cosas que pasan en nuestra sociedad en general. Hay gente cuya ira creciente por el cambio social fue llevada al punto de ebullición por la visión de un negro en la Casa Blanca; mucha de esta misma gente se enojará aún más si la siguiente persona que ocupa la Oficina Oval es una mujer fuerte. Pero esta gente no es Estados Unidos, solo una parte; una parte que cada vez se vuelve más chica.

Entonces, se están graduando en una sociedad que ha mejorado en ciertas formas importantes pero que ha empeorado en otras. Mi pregunta ahora es ¿qué hizo que pasaran las buenas cosas? ¿Qué se necesitará para revertir las cosas malas?

Y la respuesta es: gente a la que le importen las cosas, que trabaje en ellas y que siga conectándose incluso de cara a reveses.

Algunos de ustedes seguramente saben mejor que yo la historia de los derechos civiles en Estados Unidos (¡he visto alguna de las lecturas de su carrera!), pero permítanme pontificar de cualquier forma. No es una historia de buenas cosas que sucedieron al azar, pero tampoco es una historia de revolución transformadora repentina. En cambio, es una historia sobre activistas, líderes políticos y ciudadanos ordinarios que empujaron trabajosamente piedras gigantescas cuesta arriba, año tras año, sin ceder cuando dichas piedras caían un largo trecho.

Verán, la gente podría haber perdido la esperanza de alcanzar igualdad racial cuando la Ley de Derechos Civiles produjo una reacción violenta de los blancos que llevó al poder primero a Nixon y después a Ronald Reagan. Podría haber renunciado al feminismo en la década de 1970, cuando se estancaron los esfuerzos por lograr la aprobación en los estados de la Enmienda de Igualdad de Derechos. Podría haberse dado por vencida en el progreso de los derechos de los homosexuales cuando George W. Bush explotó la reacción anti gay para ayudarse a ganar las elecciones de 2004.

Pero no lo hizo. Mantuvo la presión en múltiples frentes; manifestaciones dramáticas, organización política tranquila, donación de fondos, manteniendo la presión social para hacer que el prejuicio puro fuera cada vez menos aceptable. Hasta cosas aparentemente triviales, como la forma en que se mostraba a la gente en las películas, resultaron de ayuda: cuando era niño, Dios se veía como Charlton Heston; ahora se ve como Morgan Freeman, y supongo que esto importa más de lo que pueden imaginarse.

Y poco a poco, las placas tectónicas se movieron. A veces, el progreso ha sido dolorosamente lento. Pero en ocasiones, las presas parecen romperse repentinamente, como sucedió con el matrimonio gay.

De todas formas, esa es la historia del prejuicio, del prejuicio racial, de género y de desigualdad social. ¿Qué me dicen de la desigualdad económica? ¿No ha sido una historia de derrotas ininterrumpidas?

No, no lo ha sido, y al menos he sido un agente periférico en algunas de las victorias que hemos ganado en ese frente, lo suficiente para darles una interpretación personal.

Ya he mencionado las elecciones de 2004. Es difícil transmitir a gente de su edad qué golpe tan terrible fue esa elección para muchos de nosotros. Habíamos visto la forma en que los políticos se salían con la suya con la politización del 9/11, y después cómo nos mintieron para ir a la guerra (que incluso en ese entonces era una cosa obvia) y cosecharon beneficios políticos como resultado. Y todo esto fue en servicio de una agenda económica apuntada a volver más ricos a los ricos y a socavar la red de seguridad social. Hubiera sido muy fácil ceder ante la desesperación de la mañana de ese miércoles terrible de noviembre de 2004 e incluso dejar de intentar la lucha contra los males.

Sin embargo, Bush anunció entonces que tenía un mandato para privatizar el Seguro Social, lo que, por extraño que parezca decirlo, nunca había mencionado en campaña. Muchos eruditos políticos dieron por sentado que lo lograría. Pero, no fue así. Políticos como Nancy Pelosi y Harry Reid asumieron una postura; expertos en política como, bueno, como yo, repetidas veces remachamos la incorrección de los argumentos; ciudadanos ordinarios se sumaron. Y ellos (¿puedo decir “nosotros”?) frenaron la prisa del inútil.

Esa fue una victoria negativa. La siguiente pregunta era: “De acuerdo, contra eso están. ¿Qué apoyan?” Más o menos durante el próximo año después de la sorpresiva victoria contra la privatización del Seguro Social, hubo un proceso de discusión y debate laxamente estructurado entre los progresistas (que ocurrió en reuniones, en la prensa escrita, en internet y en las ondas aire) que se cristalizó en la determinación por volver a intentar una reforma importante al sistema de salud.

Otra vez, los expertos en política jugaron al menos cierto rol, lo que para mí requirió entre otras cosas el dominio de un tema completamente nuevo; realmente no soy un economista especializado en servicios de salud, pero aprendí a actuar como tal en la TV, y de forma más importante en columnas y publicaciones en blogs. Y entonces pasaron dos cosas notables.

Primero, durante el transcurso de las primarias demócratas de 2007-2008, como que se volvió requisito de ingreso que cada candidato tuviera un plan para cubrir a muchas (si no es que a la mayoría) de las personas no aseguradas. Ese fue un gran cambio respecto de la actitud que prevaleció durante muchos años después del fracaso de la reforma al sistema de salud de 1993, y sucedió, sobre todas las cosas, porque los votantes, movilizados por los activistas, lo demandaron.

Y hubo también una amplia convergencia sobre cómo debía ser la reforma: gracias a los expertos, los planes terminaron siendo bastante similares; lo que realmente tenemos se acerca más a la propuesta de Clinton que a la propuesta de Obama, pero no es una distinción importante. Lo que importó fue que los demócratas se volvieron mucho más ambiciosos de lo que alguien habría pronosticado apenas un par de años antes.

Y después, un triunfo abrumador en las elecciones trajo no solo nuestro primer presidente negro sino brevemente, brevemente, una súper mayoría en el Congreso, y los reformistas estaban preparados para actuar. El Presidente Obama, Nancy Pelosi y Harry Reid apenas pudieron lograr que la reforma al sistema de salud fuera aprobada por el Congreso, pero lo lograron.

No es el sistema que alguien habría concebido desde cero (mucha gente queda afuera), pero 20 millones de personas que no habrían tenido seguro médico sin esa reforma ahora lo tienen.

Esperen, hay más: hasta la gente con seguro ahora tiene mucha más seguridad y libertad gracias al Obamacare. Si resulta que pierden su trabajo, saben que pueden tener cobertura. Si deciden renunciar a su trabajo, saben que pueden recibir cobertura.

Y también es un golpe significativo contra la desigualdad. El Obamacare da sus mejores beneficios a la gente con menos ingresos y demás formas de mala suerte, como condiciones médicas pre existentes; se paga en parte con impuestos más altos para los ricos. De hecho (la gente difícilmente parece saberlo), con el gobierno de Obama los impuestos al 1 por ciento de hasta arriba han aumentado bastante, casi a donde estaban antes de Ronald Reagan. Sin embargo, eso por sí solo no basta para revertir el enorme aumento en la desigualdad desde 1980, pero por algo se empieza.

Ah, y siempre que un demócrata pueda nombrar al próximo juez de la Suprema Corte, también vamos a tener acción eficaz respecto al cambio climático.

Solo para repetir: no estoy diciendo que nos esté yendo espectacular. Ese vaso sigue estando medio vacío. Lo que digo es que si siguen trabajado por cosas buenas, y si no se dan por vencidos fácilmente, a veces hay buenos cambios. O de forma más precisa, a veces ustedes.