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El discurso duro de Trump sobre China pierde fuerza

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A estas alturas, parece que el discurso duro del presidente Trump sobre el comercio con China será tan vacío como su discurso duro sobre, digamos, los precios de los medicamentos.

Enfrentado ante la posibilidad de realmente ir mano a mano con intereses poderosos, a diferencia de hacer daño a inmigrantes desesperados o a la gente pobre que necesita atención médica, Trump sigue retractándose, de manera humillante. ¿Qué sucedió con toda esa fanfarronería de que las guerras comerciales eran “buenas y fáciles de ganar”?

Se me ocurren cuatro razones por las que Trump ha aplicado la retirada:

1. Alguien por fin logró explicarle economía y Trump se dio cuenta de que una guerra comercial no era, de hecho, una buena idea.

2. Se le acabó el aplomo, como suele pasarle cuando se enfrenta a los que sí tienen poder.

3. Aceptó un soborno; China ofreció algunos contratos favorables a sus intereses comerciales personales.

4. Los chinos también tienen algún tipo de “cinta”.

Dice mucho sobre el estado del liderazgo estadounidense el hecho de que la primera opción sea bastante inverosímil mientras que las opciones de la dos a la cuatro son bastante factibles. También implica que lo que diré a continuación equivale a pensar demasiado sobre el tema.

De cualquier modo, me parece que hay algunas buenas razones por las que hasta un mercantilista ordinario que analice la situación de China podría concluir que esta guerra comercial en particular no es tan fácil de ganar como habría parecido a simple vista.

A simple vista, parece que Estados Unidos lleva las de ganar en cualquier confrontación comercial. Después de todo, el año pasado este país le vendió a China solo 130.000 millones de dólares en productos, mientras que ellos enviaron a EE. UU. el equivalente a 500.000 millones de dólares. Así que tienen más que perder, ¿o no?

Bueno, no es tan claro como eso. Es necesario observar las realidades del comercio moderno y, al hacerlo, la historia se ve muy distinta. Huelga decir que Trump se equivoca en cuanto a la economía de los desequilibrios del comercio bilateral. Además, tampoco está en lo correcto en lo que respecta a economía política, que no es lo mismo.

Ciertamente, la economía política del comercio es algo mercantilista, porque está motivada sobre todo por los intereses de los productores.

Hace tiempo, escribí sobre “el pensamiento GATT” (en referencia al Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros), la visión del comercio recogida en las negociaciones internacionales que considera que las exportaciones son buenas y las importaciones malas, de tal modo que permitir que alguien nos venda productos, incluso si son mejores y más baratos de los que nosotros podríamos fabricar, resulta ser una “concesión”.

La genialidad del sistema de comercio internacional de la posguerra radicaba en que aprovechaba esta realidad de intereses especiales, que usa las ambiciones de los exportadores para compensar el proteccionismo de aquellos que compiten con importaciones, con el fin de diseñar una especie de mercantilismo iluminado que expandió ampliamente el comercio internacional.

Sin embargo, el pensamiento GATT necesita algunas modificaciones en una era de cadenas de valor internacionales complejas. Incluso si los intereses del productor están por encima de los del consumidor, lo que debería importarles a los productores no es qué tanto exportan sino qué tantos ingresos obtienen de la exportación. Es decir, debería importarles el “ingreso en riesgo”, y no “las exportaciones en riesgo”. Estas cantidades pueden variar mucho, y en el caso del comercio entre Estados Unidos y China, así sucede.

Pensemos en el tan recurrente, pero no por ello menos esclarecedor, caso del iPhone, que se ensambla en China con componentes de todo el mundo. Ese ensamblaje final solo representa entre el tres y el seis por ciento del costo de fabricación, pero el precio total de un iPhone que se envía desde China hasta Estados Unidos se registra como una exportación china. Si mis cálculos son correctos, esto quiere decir que China exporta alrededor del equivalente a 17.000 millones de dólares en iPhones a Estados Unidos cada año, pero los productores chinos solo representan alrededor de 1000 millones de dólares de ese monto.

Los teléfonos inteligentes son un caso extremo, pero este tipo de cosas suceden mucho. El ingreso que China obtiene de las exportaciones a Estados Unidos quizá no sea mucho más de la mitad del valor nominal de esas exportaciones. Pasa un poco lo mismo del otro lado —una aeronave estadounidense, por ejemplo, contiene bastantes componentes extranjeros—, pero es mucho menos extremo.

Lo que esto significa, a su vez, es que incluso si solo nos centramos en los limitados intereses de los productores —incluso si adoptamos una postura mercantilista—, el comercio entre Estados Unidos y China es mucho menos asimétrico de lo que parece, lo cual a su vez significa que el daño de una guerra comercial sería bastante menos asimétrico de lo que sugieren las cifras comerciales por sí mismas.

Momento, que hay más. Apple vende esos iPhones a un precio considerablemente mayor del que cuesta importarlos de China. Eso agrega toda una porción adicional de ingreso estadounidense en riesgo a la relación comercial bilateral. Es cierto, con el tiempo Apple quizá pueda encontrar otros proveedores, pero no de inmediato, y no fácilmente. Foxconn no se hizo en un día.

En general, tal vez sea cierto que China saldría más perjudicada que Estados Unidos en una guerra comercial sin cuartel. No obstante, el daño no sería en absoluto unilateral. Además, me parece que es posible que Trump haya reconocido sutilmente esa realidad o al menos se haya dado cuenta de que a su adorado mercado bursátil en realidad no le gusta que se hable de guerras comerciales.

De hecho, todavía apuesto a que se trata de un soborno y/o de alguna especie de cinta, pero merece la pena explicarlo en detalle.

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