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Los resultados de las pruebas Pisa, como barómetro educativo, salieron hace poco en su última versión de evaluación estandarizada. Colombia aparece con un promedio estable, superando el latinoamericano, pero aún lejos de los estándares mundiales y de la Ocde.
Ante este panorama, el Gobierno Nacional salió a decir que el sistema educativo había fracasado y, con ello, a establecer una ruta inmediata de intervención a través de diferentes estrategias que hagan posible una mejor evaluación de los niveles académicos de nuestros estudiantes.
Una de las estrategias clave para alcanzar un mejor desempeño académico consiste en el “poder de lo pedagógico”, es decir, la clara convicción de que, si se les da una mejor formación a los profesores a través de un desarrollo significativo, tendremos un valor agregado y de impacto en los estudiantes y sus aprendizajes.
El Gobierno ha prometido que invertirá un monto significativo de recursos en la formación de 25.000 profesores, especialmente para el sector rural y zonas Pdet, con la ayuda del sector mixto de la educación superior, con sus facultades y programas de educación.
Todo este sueño suena esperanzador en un país donde la valoración social de los maestros no ha sido suficientemente asumida como un real camino de transformación social. Ha habido muchos intentos, pero el liderazgo y las políticas públicas de educación pareciera que no han sido desarrolladas con la efectividad requerida para trabajar en beneficio, no de unas pruebas estandarizadas que nos miden en el escenario de un selecto grupo de países pertenecientes de la Ocde, sino que verdaderamente vayan más allá, y logren transformaciones profundas en la intencionalidad formativa-educativa de los estudiantes, en las innovaciones pedagógicas que lleven a niveles de aprendizajes significativos de estos a través de currículos modernos, a la incorporación y apropiación de tecnologías educativas que hagan de los aprendizajes de los estudiantes algo más coherente con el mundo y la cultura digital en la que están inmersos, que exista un verdadero compromiso por formar profesores con vocación de maestros, capaces de liderar proyectos de vida con sentido.
Es necesario que la política educativa colombiana comprenda que las pruebas Pisa son, como lo dijo el experto Pak Tee, profesor asociado del Instituto Nacional de Educación de la Nanyang Technological University en Singapur, “una buena referencia, pero que no son un boletín de notas”.
El compromiso por una mayor seriedad en la política pública de educación en Colombia nos debería llevar a tomar decisiones menos coyunturales y más estructurales para que el sistema educativo se preocupe o, mejor, se ocupe por la formación integral de los niños y jóvenes y no solo de las pruebas Pisa.
No es sólo un tema de competencia entre países, es más una oportunidad para aprender de otros en su manera de cómo lo han hecho y lo están haciendo mejor que nosotros. En este sentido, sí vale la pena aprender y entender el proceso para replicar, y adaptar.
Si el “poder de lo pedagógico”, como lo ha llamado el Gobierno Nacional, es una estrategia clave, vale la pena entonces seguir aprendiendo de los resultados del ranking de la Ocde para cuidar de los maestros de este país.
No es suficiente la formación de los profesores, hay que lograr más, es decir, que esta vocación sea respetable por todos. Ellos deberían ser los artífices de una nación que quiere profundos cambios sociales, que ayudan a construir un mejor país. Se puede decir que los maestros son personas que plantan árboles para que otros se sienten debajo y nadie sepa quién los plantó. Tenemos que asegurarnos de que la gente los respete y entonces podremos obtener una mejor educación.
La profesionalización comienza cuando la familia le concede autoridad suficiente para cumplir la responsabilidad que le ha entregado
Hace unas semanas leí sobre Alpha School, un modelo educativo que utiliza inteligencia artificial para personalizar gran parte del aprendizaje académico y dedicar más tiempo al desarrollo de habilidades humanas. No sé si ese será el colegio del futuro. Lo interesante es la pregunta que plantea: ¿qué debemos enseñar cuando el conocimiento deja de ser el principal factor de diferenciación? Durante décadas, la educación tuvo un propósito claro. La escuela transmitía conocimientos y la universidad formaba especialistas. En un mundo donde acceder a la información requería tiempo y esfuerzo, ese modelo tenía sentido. Hoy cualquier estudiante puede pedirle a una inteligencia artificial que explique un concepto, resuelva un problema o resuma un libro en segundos. Si la información dejó de ser escasa, la ventaja competitiva ya no será saber más. Será pensar mejor. Eso exige replantear nuestras prioridades. El pensamiento crítico deja de ser una habilidad complementaria para convertirse en el centro de la educación. No porque las respuestas hayan perdido importancia, sino porque ahora cualquiera puede obtenerlas. Lo realmente valioso será distinguir entre información y evidencia, identificar sesgos, conectar disciplinas y ejercer buen juicio cuando no existe una solución evidente. Los líderes más admirados rara vez son quienes tienen todas las respuestas. Son quienes hacen las preguntas que los demás no habían considerado. Saben simplificar problemas complejos, escuchar perspectivas distintas, cambiar de opinión cuando la evidencia lo exige y decidir aun cuando la información es incompleta. Esas capacidades no pertenecen a ninguna profesión en particular. Son el resultado de una formación amplia, de la curiosidad intelectual y de la disposición a cuestionar incluso las ideas propias. Si la inteligencia artificial obliga a replantear la educación, quizá el mayor cambio no sea tecnológico, sino filosófico: volver a enseñar a pensar. Curiosamente, esta transformación nos acerca a los grandes pensadores del Renacimiento. Estos no entendían el saber como compartimentos aislados. Leonardo da Vinci fue artista, ingeniero, anatomista e inventor porque comprendía que la innovación nace al conectar ideas. Los problemas que hoy enfrentan las empresas tampoco pertenecen a una sola disciplina. La inteligencia artificial, la geopolítica, la transición energética o el envejecimiento de la población exigen integrar tecnología, economía, derecho, psicología y ética. Formar líderes implica mucho más que desarrollar una buena capacidad analítica. También exige aprender a enfrentar la incertidumbre, asumir riesgos y entender que el fracaso forma parte del aprendizaje. Es allí donde se construyen el carácter, el juicio y la resiliencia. La inteligencia artificial puede reducir el esfuerzo necesario para aprender, pero no puede reemplazar las experiencias que forman el carácter. La discusión sobre la educación suele concentrarse en cuánto tiempo pasarán los estudiantes utilizando inteligencia artificial. La pregunta es más bien qué tipo de líderes queremos formar cuando todos tendrán acceso al mismo conocimiento. Las organizaciones y el mundo necesitan personas capaces de razonar con independencia, conectar perspectivas distintas, ejercer buen juicio, convertir la adversidad en aprendizaje e inspirar a otros para resolver problemas complejos. Esa ha sido siempre la esencia del liderazgo, y ninguna inteligencia artificial podrá reemplazarla
Entre 2006 y 2026, las emisiones de bonos externos representaron entre 3,4% y 27,9% de las NBF. Durante el segundo gobierno de Álvaro Uribe este indicador promedió 11,8%