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Analistas 16/05/2026

Conectados, pero excluidos: el espejismo digital colombiano

P. Harold Castilla Devoz
Rector General de Uniminuto
HAROLD-CASTILLA-DEVOZ

Colombia se volvió experta en celebrar cifras de cobertura mientras pierde la batalla que de verdad importa. La Encuesta de Calidad de Vida 2025 del Dane confirmó que 73,9% de los hogares ya tiene acceso a internet y el Gobierno lo presenta, con razón parcial, como un avance histórico. Pero el número se convirtió en una cortina cómoda. Detrás de él se esconde la pregunta que el discurso oficial sigue esquivando: conectados, sí, ¿pero conectados para qué?

La respuesta incomoda. Solo cuatro de cada 10 trabajadores colombianos se sienten preparados para usar inteligencia artificial en su entorno profesional, según Adecco. En América Latina, apenas 12% de los empleados tiene habilidades reales para integrarla a su trabajo. Mientras tanto, Fedesarrollo estima que 58% del empleo nacional, más de 12 millones de personas, está en riesgo de automatización parcial. La aritmética es brutal: hay más colombianos vulnerables a la IA que colombianos preparados para usarla. No es un detalle, es la definición exacta del nuevo analfabetismo.

Y aquí es donde el relato de la “movilidad digital” empieza a oler a anestesia. Es cierto que un joven de Ubaté, Sincelejo o Pasto, con conectividad y formación, puede hoy trabajar remotamente para una empresa internacional. Pero esa frase, repetida hasta el cansancio en paneles y editoriales, encubre un dato incómodo: la informalidad laboral en Colombia llegó a 56,1% en octubre de 2025. Más de la mitad del país no está discutiendo si la IA multiplicará su productividad; está rebuscando el día. Vender “trabajo remoto para Silicon Valley” como solución estructural es, en buena parte, contarle al país una historia que solo viven unos pocos miles, mientras millones siguen del otro lado. El segundo mito que conviene desmontar es el de la conectividad como meta final. Llevar internet a un municipio es necesario, pero es la parte fácil y la más visible para una foto. La parte difícil, la que define si un territorio se incorpora o no a la economía del conocimiento, es la apropiación: enseñar a buscar, validar, automatizar, “promptear”, razonar críticamente con una máquina que se equivoca con seguridad. Las siete de cada diez empresas que, según Manpower, no encuentran talento digital en Colombia, no se quejan de falta de cables; se quejan de falta de gente. Y el Estado sigue midiendo lo primero como si fuera lo segundo. Aquí entra la responsabilidad de las Instituciones de Educación Superior (IES), que también merecen un espejo. Las facultades colombianas se llenaron de discursos sobre “ciudadanía digital” y “competencias del futuro”, pero gran parte sigue evaluando con exámenes memorísticos, prohibiendo la IA generativa en lugar de enseñarla y formando profesionales para mercados que ya no existen. La pregunta para rectores y decanos es directa: ¿cuántos de sus egresados de 2025 saben usar agentes de IA, automatizar flujos de trabajo o validar críticamente la salida de un modelo? Si la respuesta sincera es “pocos”, entonces la IES es parte del problema, no de la solución.

El sector privado tampoco puede seguir delegando. Mientras programas como el Samsung Innovation Campus reciben más de 2.000 aspirantes para apenas 66 cupos, las grandes empresas colombianas siguen esperando que el talento llegue formado, sin invertir lo suficiente en reentrenar a sus propios equipos.

Colombia tiene una decisión que tomar y poco tiempo para hacerlo. La inteligencia artificial puede ser, como repiten los discursos, una palanca de movilidad social. Pero la evidencia muestra que, sin política pública agresiva en habilidades digitales -no en cobertura, en habilidades-, será exactamente lo contrario: el acelerador más eficiente de desigualdad que hayamos tenido. Tener internet ya no basta. Lo que el país no se puede permitir es seguir confundiendo conectividad con inclusión, ni cobertura con futuro.

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