Analistas

El diálogo, cimiento de la empresa familiar

En la novela del escocés Robert Louis Stevenson “El señor de Ballantrae”, el jefe del clan de una familia aristocrática decide que, de sus dos hijos, uno se adhiera a la rebelión y otro permanezca fiel al rey de Inglaterra. De esta forma, triunfe quien triunfe, el patrimonio familiar quedaría intacto. El padre comunica esta idea a sus hijos, los cuales aceptan que una moneda lanzada al aire escoja el destino.

Más allá de las peripecias de la novela, lo que muestra este arranque de la historia es la necesidad que tiene todo negocio familiar de poseer una estrategia de supervivencia (y expansión) y como ésta debe desarrollarse primando la transparencia, la comunicación interna y el respeto a la tradición y valores, conceptos que dan forma a la identidad del negocio familiar.

Sin una buena y fluida comunicación interna decrecen considerablemente las posibilidades de pervivencia de un negocio familiar. Tarde o temprano, la falta de canales de diálogo se transforma en un cortocircuito permanente que impide el normal desarrollo de la compañía.

Según un estudio de 2016 de la Superintendencia de Sociedades, en Colombia, del 70% de las empresas que son familiares, solamente 30% continuarán siéndolo hasta la segunda generación y apenas un 13% hasta la tercera. Las causas de la desaparición de este tipo de negocios son múltiples y heterogéneas, pero siempre sobrevuela un mismo hándicap, el de la falta de comunicación interior, tanto de valores como de perspectivas y estrategias futuras. El que un 87% de empresas familiares no llegue a la tercera generación no siempre se debe a cuestiones financieras, sino también a conflictos internos, malentendidos y desavenencias.

Si bien es cierto que una empresa familiar se apoya en varios pilares para progresar, entre ellos la apuesta por el emprendimiento, la internacionalización y la profesionalización, finalmente, el arco que sostiene el edificio es el de la existencia de un buen diálogo al interior de la empresa.

El académico Manuel Bermejo explicaba en el pasado I Congreso Iberoamericano de Empresas Familiares, organizado por Ceapi, que la comunicación asegura la continuidad de la empresa en el tiempo y es de capital trascendencia por poseer una doble virtualidad: la de mirar al pasado (una vocación de continuidad, de transmisión de los valores empresariales propios de la familia) sin olvidar el futuro (acogiendo y canalizando las expectativas de las nuevas generaciones).

El señor de Ballantrae se jugó el destino de su “empresa” familiar al anverso y reverso de una moneda. Ahora, en pleno siglo XXI, hay formas más “científicas” de eludir un destino final -y fatal- prematuro, causado por una sucesión mal planificada. Para evitarlo, debe existir, con carácter previo a la sucesión, una adecuada planificación de futuro lo que se conoce como protocolo familiar. Se trata de no depender del azar, sino basarlo en un pacto nacido del consenso y del diálogo intrafamiliar, destinado a lograr un modelo de comunicación y consenso en la toma de decisiones.

En definitiva, de lo que se está hablando es de la búsqueda de garantizar, a través de un acuerdo entre partes, la buena gestión de la empresa, el mantenimiento de la cohesión en el presente y con vistas al futuro mediante la construcción de canales que den encaje a los cambios generacionales y a las diferentes sensibilidades. Después de todo, como dijo el propio Stevenson, no hay que juzgar “el día por la cosecha que has recogido, sino por las semillas que has plantado”.