Analistas

Educar para la revolución tecnológica

De Tijuana a Usuhaia y de Guayaquil a Río de Janeiro, los países latinoamericanos afrontan un reto similar en esta segunda década del siglo XXI: el desafío educativo. Una vez erradicado el analfabetismo, ahora la meta reside en alcanzar la calidad en la enseñanza. No se trata de una preocupación nueva pues desde la independencia, la aspiración de educadores, pedagogos y políticos ha sido formar ciudadanos. Lo fue para liberales como el colombiano Francisco de Paula Santander o para conservadores como el venezolano-chileno Andrés Bello. Igualmente estuvo muy presente en los socialistas argentinos que hablaban de “educar al soberano”.

En pleno siglo XXI, ese reto educativo sigue vivo en América Latina. Ya no para forjar ciudadanos para repúblicas recién nacidas o desterrar el analfabetismo. Ahora se trata de facilitar, con la educación, herramientas a esos ciudadanos para adaptarse a las exigencias del mundo que está surgiendo, donde analfabetismo es sinónimo de carencia de habilidades tecnológicas. Se requiere una educación tecnológica y también basada en principios para vivir en una sociedad democrática a la vez que preparada para saber defender las libertades. 

Así pues, el reto educativo que afronta América Latina, con casi ya 100% de niños escolarizados, es más un reto cualitativo que cuantitativo. No se trata tanto de invertir más, sino de hacerlo más eficaz y eficientemente. Invertir en capital físico (mejores infraestructuras -escuelas) y en humano (profesores mejor preparados y mejor pagados), apostando a la vez por la innovación (más adecuados medios tecnológicos al alcance de los alumnos y programas adaptados a las nuevas necesidades del mercado). 

Esas herramientas, unidas a una formación integral en materia humanística, desembocan en la formación de ciudadanos con valores y aptitudes.  Y, sobre todo, con capacidad para innovar y adaptarse al mundo de la economía digital ya que, como señalaba recientemente la secretaria general iberoamericana, Rebeca Grynspan, estamos “en los albores de una cuarta revolución industrial. Una nueva era que, impulsada por innovaciones como la inteligencia artificial, la robótica, el Internet de las cosas y el big data, transformará radicalmente el mundo tal y como lo conocemos”. 

Ese reto supone desencadenar una revolución educativa de carácter integral, transversal y múltiple para hacer frente a otra revolución, la tecnológica. La virtualidad de la educación hace que, como recordó Grynspan citando a la Unesco, “cada año que se añade a la formación promedio de la población, reduce los niveles de violencia, mitiga la desigualdad y consolida el estado de derecho al tiempo que incrementa el desarrollo económico”.  Y así es afectivamente. La apuesta educativa (arropada por otras reformas) contribuye como recordaba la secretaria general iberoamericana “no solo para el perfeccionamiento cívico y moral, sino también para mejorar la instrucción de sus profesiones, satisfacer las necesidades prácticas del pueblo y garantizar el progreso económico y social. Una educación que al mismo tiempo forme mejores profesionales y mejores ciudadanos, que habilite para el trabajo pero también para la vida en sociedad”.  

El esfuerzo por diseñar una educación para el siglo XXI no es fácil: hay que acabar con intereses y privilegios enquistados, con el rechazo a los cambios y lograr un cambio de prioridades y de mentalidad. Está en juego la supervivencia de nuestros países desde el punto de vista económico, por el reto que supone la revolución tecnológica, y de nuestras democracias, acosadas por la desigualdad y la emergencia de los nuevos populismos. 

“La ilustración del pueblo es la verdadera locomotora del progreso”, dijo a fines del siglo XIX el pedagogo uruguayo José Pedro Varela. Una verdad que sigue presente hoy como acertadamente apunta Grynspan: “No hay inversión más sabia que la educación: no es solo un mecanismo para enfrentar la realidad, sino también para imaginarla y transformarla”.