Analistas 03/04/2020

¿Fin de la cuarentena?

Mucho se ha escrito sobre las estrategias para gestionar la respuesta de la política pública al coronavirus. Por ahora, el consenso apunta al consabido aplanamiento de la curva de contagio mediante cuarentenas tempranas, con miras a evitar el colapso de los sistemas de salud (y el consecuente incremento en la tasa de mortalidad del virus). Dichas cuarentenas han mostrado ser condición necesaria, pero no suficiente, requiriéndose elementos de testeo masivo, en últimas dando los “grados de libertad” para eventuales relajamientos del distanciamiento social (ver análisis globales en Zingales et al., 2020 de la Universidad de Chicago y locales en Anif, 2020).

Precisamente por esas razones, preocupan los recientes llamados del Presidente Trump en EE.UU. sobre la necesidad de abortar tempranamente (dos semanas) las cuarentenas-atomizadas, con el argumento facilista (y falso) de su “elevado costo económico”, pasando por encima de las recomendaciones de su propio equipo de epidemiólogos (aunque ha reculado en días recientes).

Eso es no entender el desafío económico fundamental de esta pandemia, así como la manera racional de enfrentarlo. Los costos económicos tienen como causa subyacente el virus y no las acciones de la política pública para suprimirlo, así parezca de esa forma a simple vista (ver Summers, 2020 y Furman, 2020). ¿Alguien cree que retirar las cuarentenas implicaría volver a la normalidad económica? Difícilmente el público saldría a restaurantes-hoteles o a aglomeraciones en conciertos-viajes, mientras las tasas de contagio aún exhiben tendencias exponenciales crecientes (y con el pánico de ver un sistema de salud colapsado). La normalidad económica no podrá retornar antes de una normalización en la salubridad (con o sin cuarentena).

No solo la salubridad pública se deterioraría de abortarse prematuramente el distanciamiento social. También se incrementaría el costo económico ineludible de dicho aislamiento, pues se requerirían nuevas rondas de cuarentenas más extensas-estrictas (y partiendo desde situaciones iniciales menos favorables en expansión del virus).

En Colombia, luce prudente la cuarentena temprana decretada por el gobierno en medio de la emergencia económica y social, pero habrá que esperar la evolución de casos-contagio para sugerir su probable extensión. La gran pregunta es sobre la duración prudente de esas cuarentenas. Los modelos epidemiológicos (tipo Imperial College-Londres) sugieren mínimos de 2-3 semanas, aunque en la práctica la experiencia internacional ha mostrado que se requiere algo más cercano a las 4-5 semanas (ver Gates, 2020). Mas allá de esa duración, lucen insostenibles, dado el golpe económico, particularmente a la porción informal de la economía (con el agravante de nuevas amenazas de salubridad dado el hacinamiento y precarias condiciones de las viviendas vulnerables).

Solo se puede pensar en reabrir la economía cuando se tengan procedimientos-medidas eficaces que permitan detectar-gestionar adecuadamente los nuevos contagios, lo cual necesariamente está atado al testeo masivo. En últimas esto dirá cuánto se puede (debe) relajar (o apretar) el aislamiento. Y lo más importante, cuando estemos seguros de que reabrir economía no implica tirar a la basura los esfuerzos y costos de las cuarentenas ya hechas.