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El mundo al revés

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Miguel Ricaurte Economista Jefe de Itaú para la Región Andina

Hace pocas semanas celebrábamos el robusto cierre de 2019 y las señales positivas que la economía mostraba al comienzo de este. Pero conforme el coronavirus se expandía por el mundo, y Arabia Saudita y Rusia entraban en una guerra de precios de petróleo, la situación se tornó adversa para las economías emergentes, especialmente para los productores de petróleo. Si bien la Opep, Rusia y sus aliados encontraron terreno en común (poniendo fin a la disputa de precios y acordando restringir la producción de crudo), estos eventos nos recuerdan que no obstante del robusto marco de política económica, Colombia depende del desempeño mundial. En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de un escenario de expansión robusta, a uno en que la economía colombiana (junto con la región y el mundo) se contraerá este año.

Si bien la dependencia del petróleo ha disminuido, este sigue siendo un factor clave para el desempeño económico. Por un lado, los déficits comerciales han estado contendido por un superávit de energía (excluido el carbón) que alcanzó alrededor de 3,5% del PIB en 2019. Además, los sectores minero y petrolero concentraron más de 30% de la inversión extranjera directa en el país (fuente clave de financiamiento del déficit de la cuenta corriente). Los precios más bajos del petróleo no sólo limitarían una necesaria corrección del déficit de cuenta corriente (4,3% del PIB el año pasado), sino que ponen en entredicho la continuidad de los flujos de inversión al país en un contexto de debilidad global.

Por otro lado, el colapso de los precios del petróleo ha llevado al dólar a cotizar en máximos históricos por sobre los $4.000, lo que empujará al alza el precio de productos importados. Sin embargo, dada la magnitud del choque sobre la actividad, el Banco de la República estima que deberá recortar tasas para apoyar la economía (nosotros esperamos que estas lleguen a 2,75% en las próximas reuniones), pues los riesgos estarían inclinados hacia la baja para actividad e inflación.

Otro riesgo de corto plazo proviene del hecho que el presupuesto de 2020 se estimó con un precio promedio para el petróleo Brent de US$60/barril, superior a lo que se prevé en el actual escenario. Aunque la dependencia del presupuesto colombiano a los ingresos petroleros bajó a solo 5% el año pasado (frente a un promedio de 10% de los ingresos del gobierno central durante la última década y cerca del 20% en 2013), el efecto neto sobre las cuentas fiscales será negativo. Por esta razón, el comité de la regla fiscal revisó el déficit máximo permitido para este año hasta 4,9% del PIB, desde un objetivo anterior de 2,3%, con el riesgo de que el saldo fiscal sea aún menor.

Además, persisten riesgos en el mediano plazo, pues un flujo de ingresos estructurales aún frágil apunta a una creciente necesidad de reformas tributarias y privatizaciones adicionales (que serán difíciles de implementar en el entorno político actual) para mantener controlado el aumento de la deuda pública y tranquilas a las agencias calificadoras de riesgo.

El impacto final de los eventos recientes no solo dependerá de la magnitud del choque, sino también de las medidas de apoyo fiscal y monetario que son clave para el proceso de recuperación. El mercado ha reaccionado con cautela ante los anuncios de las autoridades, pues la vuelta a la normalidad aún parece incierta.

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