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Analistas 24/03/2021

Un año en cuarentena

Maritza Aristizábal Quintero
Editora Estado y Sociedad Noticias RCN

Hoy hace un año empezaba una de las épocas más difíciles para muchos, y me incluyo en ese grupo. Nos pusieron de cara a una forma de vida que no imaginaríamos ni protagonizando la más descabellada película de ficción. Nos confinaron en nuestras casas, nos alejaron de nuestras familias, nos mandaron a trabajar en remoto, cerraron las escuelas, nos metieron, a muchos a las malas, el concepto de la virtualidad. Las calles estaban vacías, sin el bullicio que hoy parece casi emocionante de un trancón, los aeropuertos casi que clausurados, miles de personas varadas en otros países y al margen de las fronteras selladas, personas desesperadas y acorraladas por la pobreza.

Sí, hace un año empezó la cuarentena. Al principio, aunque drástico, parecía casi que un juego, un pequeño sacrificio por un bien mayor, al fin de cuentas se declaró por solo 20 días, hasta el 13 de abril. Pero el confinamiento se fue alargando. A los trabajadores informales que se rindieron en medio de las dificultades los siguieron los emprendedores, después las pequeñas tiendas, los microempresarios y hasta las grandes compañías se venían abajo como piezas de dominó. Medio millón de micronegocios cerraron y el hambre llevó a muchas familias a poner el trapo rojo en sus ventanas. Según el Dane, casi la tercera parte de los colombianos pasó a tener solo una o dos raciones de comida al día.

Y aunque nuestro empeño trataba de ver la esperanza en medio de tanta incertidumbre, todos los días estábamos al borde del colapso. Primero en una carrera para adquirir respiradores ¿Lo recuerdan? Más o menos lo mismo que pasa hoy con las vacunas, peleando con las grandes potencias en un mercado internacional para que los enviaran mientras nos movíamos como malabaristas con la ocupación de las unidades de cuidados intensivos. Las cifras nos golpeaban cada día hasta que alcanzamos los 21.000 casos, casi 400 muertos y ciudades que llegaron a 100% de la capacidad hospitalaria.

La tecnología ayudó muchísimo a quienes la tenían a su alcance, a quienes no, simplemente los dejó en el lado del rezago de una brecha digital. A otros tantos, los hartó. Los niños se cansaron de las clases virtuales, los empleados del teletrabajo, los demás de las reuniones por zoom, los conciertos a través de una pantalla, y hasta los velorios que pasaron a ser digitales. Esta nueva normalidad nos hizo valorar aquello de la vieja que nos parecía tan corriente.

Fue una larga carrera que en lo personal empecé con la muerte de una sobrina recién nacida, aprendiendo en medio de la pandemia lo que era despedir a un ser querido, o mejor, no poderlo despedir. Después murió mi abuelo materno aislado por sospecha de covid, de quien solo nos entregaron sus cenizas. También murió mi abuelo paterno que, aunque sobrevivió al virus, no pudo hacerlo frente los achaques del corazón, porque como efecto del virus le aplazaron varios meses una cirugía que tenía programada. Murió uno de mis más queridos compañeros de trabajo. Murieron amigos, familiares de amigos, conocidos, colegas. Esa cuenta debe detenerse. Por eso, hoy agradezco por los que siguen acá. Ha pasado un año y aunque es cierto, el virus no se ha ido, ahora sí podemos decir que estamos ganando la guerra. Ya no contamos pérdidas sino vacunados y esa ya es otra historia.