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Silenciar no es censurar. Silenciar, en este caso, es un acto de higiene mental. Es apagar el ruido, bajar el volumen, dejar de prestarle atención a lo que, durante cuatro años, nos obligamos a escuchar con disciplina casi institucional. Silenciar es, simplemente, decidir no oír más.
Estamos a un mes de que termine el periodo del presidente Gustavo Petro. Cuatro años en los que el país vivió en modo alerta, pendiente del siguiente trino, de la próxima declaración, del nuevo giro inesperado y de la nueva teoría conspirativa. Cuatro años intentando descifrar, traducir, interpretar. En modo “petroexplaining”. Haciendo malabares para encontrar coherencia donde no había ni lógica.
Porque sí: era el presidente. Y en una democracia, al presidente se le escucha, se le analiza, se le responde. Incluso cuando resulta difícil. Incluso cuando sus palabras empiezan a volverse imprecisas, erráticas, inexplicables. Incluso cuando ya no dicen mucho, pero igual generan ruido.
Y vaya si lo generaron. Las instituciones, hay que decirlo, resistieron. El Congreso hundió reformas clave como la tributaria y dos veces la de salud. La pensional y la laboral sobrevivieron más por maniobras discutibles que por consensos sólidos. Las cortes hicieron lo propio, convirtiéndose en una talanquera frente al desborde y al delirio en el poder.
Mientras tanto, a nosotros nos tocó seguir ahí, pendientes. Ajustando sus palabras a “sus justos cabales”. Pero llega un punto en el que insistir deja de ser responsabilidad y empieza a ser desgaste.
Hoy hay un presidente electo. Hoy hay un mandato claro de los ciudadanos que, el 21 de junio, eligieron una opción distinta. Y, sin embargo, el presidente saliente parece decidido a cerrar su capítulo no con altura, sino con sospechas, teorías y desconfianzas. Despreciando a la Registraduría, a las cortes, al Congreso. Y, de paso, a los mismos ciudadanos que votaron.
Tuvo la oportunidad, la mínima exigible en una democracia, de garantizar una transición tranquila. De reconocer el resultado. De facilitar el relevo institucional. Pero eligió otra cosa: atrincherarse en sus redes, aferrarse a sus propias versiones, resistirse incluso al hecho más elemental de la política: que el poder se acaba.
Y es ahí donde presento mi propuesta de silenciarlo. No porque no pueda hablar. No porque alguien deba impedirle expresarse. Todo lo contrario: que diga lo que quiera. Pero nosotros, ciudadanos, medios y opinión pública, ya podemos elegir no amplificarlo. No reaccionar a cada provocación. No convertir cada trino en titular. No seguir alimentando una conversación que ya no construye, que ya no informa, que ya no aporta.
Porque, a estas alturas, leerlo no alarma: agota.
Es, además, una tristeza. El cierre de un presidente que llegó por la vía democrática, con la promesa del cambio y la unidad, termina diluido entre hipótesis, paranoias y afirmaciones difíciles de sostener. Un epílogo que no está a la altura del momento histórico que representó su llegada al poder.
Silenciarlo, entonces, es también pasar la página. Es permitir que el país mire hacia adelante sin el eco constante de una voz que se niega a aceptar que su tiempo ya terminó.
Que hable. Pero sin micrófono prestado.
Y, sobre todo, sin nuestra atención.