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Al que tanto le hemos temido. Un Petro, atrincherado, defendiéndose en su paranoia, justificando todo en una gran conspiración en su contra, leyendo mayorías donde apenas hay una muchedumbre que lo sigue mesiánicamente, entendiendo los cambios desde su individualidad y no desde los consensos; un Petro que polariza, utiliza la narrativa de la lucha de clases y abandona cualquier idea de unir al país. Un Petro inestable, intransigente, a la defensiva y con un gabinete de su entraña, que lo entiende a él, pero no interpreta el país.
Allí quedamos, o mejor, volvimos con ese rebosado discurso de hace una semana en una esquina de la Plaza de Bolívar. Frases desafiantes que enterraron rápidamente lo del gabinete plural conformado el 7 de agosto para sentenciar que cualquier “ministro o ministra que no haga caso, se va”. Un temerario discurso con el que declaró como enemigos públicos a los medios y a la fiscalía, presionó al Congreso para aprobar las reformas y amenazó con sacar al pueblo a la calle si es que “el cambio” se hunde en el Capitolio.
Un discurso muy alejado del que pronunció hace un año cuando hablaba de “un Acuerdo Nacional para construir los máximos consensos” y prometía “no utilizar el poder para destruir a sus oponentes”.
Presidente, usted ya tiene el poder, y lo está usando no solo para destruir al oponente, sino para graduar como contradictores a quienes mínimamente disientan de sus ideas. Por favor no se refugie en el delirio de persecución; no hay conspiración, complot, ni golpe blando más allá de los escándalos que sus propios exfuncionarios han protagonizado y por los que el país espera explicaciones y no evasivas que construyen la teoría del golpe de Estado.
Y no Presidente, Petro el radical, no es el que tiene las mayorías, si así fuera, hubiera ganado en primera vuelta. El Petro que se hizo con las mayorías fue el moderado, el conciliador, el que se acercó al centro y convocó a un gran Acuerdo nacional. Estoy segura de que usted siempre ha sido consciente de que lo qué es y lo qué representa genera más inquietud e incertidumbre que certezas y apoyo. Por eso se llevó a Alejandro Gaviria, a José Antonio Ocampo y a Alfonso Prada en campaña: necesitaba deshacer temores, convencer indecisos e inclinar la balanza a su favor.
También se rodeó de los políticos tradicionales quienes, por más odios que despierten, fueron placebo para acercar a los otros partidos. Y, sabe qué Presidente, quizá si no se hubiera enfrentado a un candidato tan malo, mermado y disperso como Rodolfo Hernández esa mayorías ni siquiera hubieran sido.
Lamento decirlo pero hoy no tiene el apoyo mayoritario en el Congreso donde los cambios se hacen institucionalmente, ni lo tiene en la calle si es quisiera conseguirlos mediante un levantamiento popular -20.000 fueron las personas que salieron en la última marcha incluyendo empleados públicos y aprendices del Sena, muchos incluso menores de edad-.
Presidente, hay que hacer bien las cuentas, ser más calculador, lo invito a que regrese a sus promesas en campaña, a que deconstruya el actual discurso que incita a unos y atemoriza a otros a que convoque a todos y regrese a la idea del Acuerdo Nacional. Ojalá aún haya posibilidad para volver y no avanzar durante tres años en una infinita confrontación.
En fin el Año Nuevo es esa fiesta global en la que todos juegan a creer que tenemos un botón mágico para asegurar que se van a cumplir los deseos
Alcanzar al menos 50 doctores por millón de habitantes al año —una meta modesta frente a estándares internacionales— debería entenderse como una apuesta mínima para consolidar capacidades científicas en la academia, el sector productivo y el Estado
En términos de urgencia, la prioridad debe ser la asignación de nueva capacidad que no tiene un límite intrínseco diferente al costo de expansión del sistema, perfectamente gestionable con planeación y señales económicas claras