Sí, y entre esos monotemáticos, estoy yo. Parece que nuestra ansiedad de noticias solo se sacia si nos hablan de covid, contagio, cifras en el mundo, casos insólitos, quién se infectó, cuál es el nuevo récord que superamos; con un poco de esperanza buscamos noticias sobre la pandemia y con otro tanto de morbo tratamos de averiguar en qué va la pelea de la alcaldesa con el gobierno. Bueno, también están los del otro lado: quienes no quieren saber nada de coronavirus y se sienten saturados solo con los titulares.

Y el problema, como siempre, está en ambos extremos. En el último caso, le damos la espalda a realidad para evitar las circunstancias que se van acumulando y nos dan una bofetada cuando decidimos voltear a mirarlas. En el otro extremo desechamos otras cosas que pasan, igualmente importantes o quizá más graves.

Pero lo que informamos, o decidimos escuchar, termina siendo lo de menos. Es solo un síntoma de algo verdaderamente peligroso: “el lenguaje covid” que el propio sistema de salud diseñó, una especie de código cerrado, al que no tienen acceso otros pacientes. Hoy, médicos, especialistas o clínicas están tan volcadas atendiendo contagiados por coronavirus que todo lo demás está en pausa.

Mi familia es víctima de esa especie de mecánica: a mi abuelito le han aplazado varias veces una cirugía del corazón; no se pueden arriesgar a que él ocupe una unidad de cuidados intensivos. A mi mamá no le han hecho el control de una cirugía en la que le sacaron un tumor maligno. En el caso de la mamá de un compañero, lleva varios meses tratando de programar una operación de reemplazo articular; y a la mamá de otra amiga nunca la atendieron, aunque tenía un dolor insoportable que la mantuvo por semanas postrada en una cama.

¿Hemos calculado cuántas personas pueden morir de otras enfermedades tratando de salvar a los infectados por covid? ¿Vamos a dejar que muchos, que hoy tienen afecciones simples, lleguen a un punto irreversible y sus complicaciones se vuelvan mortales? No olvidemos que el cáncer, los infartos y la diabetes representan 71% de las muertes en el mundo.

Si no es un esfuerzo contra el coronavirus parece que no valiera la pena. En varios países frenaron por semanas las jornadas de vacunación y hoy cerca de 20 millones de niños menores de 1 año están en peligro. Resurgieron enfermedades como la difteria, el cólera, el sarampión y el polio.

Mejor dicho, por cuenta de la suspensión de millones de dosis de inmunización podrían morir más niños por una epidemia que personas por la pandemia. Pero de eso solo nos daremos cuenta cuando el covid haya desaparecido y nuestra atención pueda ocuparse de otros temas. Para entonces, será muy tarde.

Y también nos estamos negando a otras enfermedades, que por cuenta de la cuarentena se están agravando: las mentales. Personas que tenían episodios de ansiedad desarrollaron depresión, las que tenían depresión ahora tienen ideas suicidas y otras más ya se han quitado la vida. He conocido de tres casos, dolorosos y difíciles, ninguno tuvo atención a tiempo porque el mundo estaba ocupado en algo, según dicen, más importante.

Si no nos tomamos la salud en serio y salimos de ese código cerrado del covid, terminaremos la cuarentena y superaremos la pandemia, pero vamos a tener un mundo enfermo y agonizante.