Muy a pesar de nuestro deseo de “vivir la vida” la pandemia nos metió en una camisa de fuerza con reglas que debemos cumplir: ya no cabe eso de vivir la vida loca, disfrutar a plenitud, y ahora sí que menos, hacer lo que nos venga en gana. La vida diaria se ha vuelto pesada. La cotidianidad es ahora todo un protocolo de entrada y salida de nuestras casas, desinfección, distanciamiento, evitar planes sociales y aplazar encuentros con amigos y familiares. Todos obligados a cumplir las reglas. Algunos lo hacemos con algo de resignación, a otros les cuesta, pero lo hacen a regañadientes y unos últimos terminan cediendo por la fuerza de la amenaza de un policía, una multa o incluso un proceso judicial; porque las normas son para todos y, según lo que nos han enseñado, hay que cumplirlas.

La vida se nos ha complicado. Y se los voy a contar desde mi propia experiencia o la de personas muy cercanas. Mi mamá tenía una cita médica muy importante a la que no pude acompañarla, porque por alguna extraña regla sanitaria no pueden estar más de dos en un consultorio. Cuando murió mi abuelo, al velorio podían entrar máximo ocho personas, a la misa los que cupieran en la iglesia sentándose de a uno por fila y en el entierro el ingreso era para máximo 18 personas.

La celebración por el matrimonio de una amiga se volvió a frustrar, porque en Bogotá resultaron con que los eventos sociales, aunque sean de menos de 50 personas, no se pueden realizar. Quisimos salir a un almuerzo con mi familia a celebrar el cumpleaños de mi papá, pero las reservas eran para máximo 6 personas. La hija de una amiga no ha podido volver a sus clases de patinaje porque las escuelas de formación deportiva siguen cerradas. Si usted se quiere meter a una piscina tiene que estar prácticamente solo. Bailar está prohibido, tomar licor está prohibido, ir a hacer barra a un partido de fútbol, aunque sea en la cancha del barrio, está prohibido y dar una serenata, mejor ni se le ocurra. Son reglas, a las que difícilmente nos acostumbramos pero que aceptamos por la responsabilidad de cuidarnos entre todos y por el respeto a los demás.

Pero lo que no tiene sentido es que mientras a nosotros se nos enmaraña la vida, a otros no les pongan ni el más mínimo límite. No se pueden subir más de dos personas en un ascensor o estar más de cinco en la recepción de un edificio, pero 7.000 indígenas sí pueden permanecer en un mismo sitio, pasando las noches casi en hacinamiento, marchando por la ciudad en aglomeración, sin respetar el distanciamiento, con mínimas normas biosanitarias, haciendo conciertos que están prohibidos, fiestas multitudinarias y ocupando las calles. No quiero con esto atacar el legítimo ejercicio de todos a reclamar derechos, pero este es mi propio ejercicio de exigir mis derechos. Mucho esfuerzo hemos hecho para cuidarnos y cuidar a los demás, incluidas comunidades indígenas, como para que ahora pasen por encima de ese sacrificio y en cuestión de días nos pongan en riesgo a todos. La mayoría hemos cumplido las reglas, es el turno de las minorías.

P.D. Por cierto, aún no entiendo las exigencias de los maestros: reclaman por el riesgo que significa volver a clases presenciales, y como protesta salen a manifestarse por miles. Puedo asegurarles una cosa: un salón de clases es más seguro que las marchas de hoy.