Nos estamos acostumbrando tanto a que las ex Farc nieguen sus crímenes, que hay quienes ya creen sus mentiras. Está bien cerrar una página de dolor y firmar la paz. Pero no aceptemos que empezar de cero signifique alimentar la leyenda de una guerrilla del pueblo, aun por encima de los testimonios de crueldad y barbarie de miles de secuestrados, reclutados, abusados o desplazados. Con nuestro silencio estamos dejando que la verdad del conflicto se cuente desde los intereses de los victimarios y no desde la necesidad de reparación de las víctimas. Ya se les amnistió y se les dieron cargos políticos, pero por lo menos no burlen nuestra inteligencia pretendiendo que renunciemos a la verdad.

Y yo les voy a contar la verdad, la de las víctimas, la que pretenden enmudecer. Primero les voy a hablar de Vanessa, fue reclutada por  Teófilo Forero a los 11 años. Desde ese momento el Paisa empezó a abusar de ella, a los 13 quedó en embarazo y fue obligada a abortar. Cuando cumplió 15 ya había abortado tres veces y había sido abusada por dos comandantes distintos. Las Farc no solo le robaron su niñez y su inocencia, también la tranquilidad por el resto de su vida. Hoy está huyendo, escondiéndose del Paisa que puso un precio por su cabeza y la de cualquiera de su familia. Su hermano y su primo ya fueron asesinados.

También está la verdad de Sara. Reclutada a los 11 años por el bloque Magdalena Medio al mando de Pastor Alape. Instrumentalizada, convertida en objeto sexual y en máquina de guerra. Violada en una misma noche por 10 guerrilleros. La última vez, se defendió y le disparó a su agresor. Ella se desmovilizó, trató de dejar todo atrás, pero la pesadilla de la guerra la hostiga, ya en la vida civil cayó en la adicción.

José Antonio era un niño indígena del Cauca. Lo reclutaron a los 13 años. Lo convirtieron en un pisa suave, que participaba en casi todas las operaciones de la columna Jacobo Arenas. Y no solo eso, su tarea era además reclutar otros niños indígenas. Recuerda consejos de guerra a pequeños que se robaban una ración de comida por hambre o fusilamientos porque muchos trataron de escapar para volver con sus familias.

Y por difíciles que parezcan las historias de Vanessa, Sara o José ellos aún están para contarlas. Otros, en cambio, no sobrevivieron y parte de su verdad desapareció. Esta es la historia de Javier, el hijo de Alicia Aguillón. La guerrilla lo reclutó. Alicia nunca volvió a saber de él, aunque tampoco se cansó de buscarlo, preguntarlo y llorarlo. Un día en una larga caminata, atravesando la maraña de la selva llegó hasta el campamento donde le dijeron que estaba su hijo. Pero el comandante no la dejó verlo. Ella pasó días enteros llorando y rogando. Se enfermó. No valieron ni sus lágrimas ni sus lamentos, le tocó devolverse con las manos vacías y el corazón roto.

Esa es la verdad del reclutamiento. Nada parecido a que las Farc recibieron como refugiados a los niños, que los protegían y los formaban en valores. Silenciar esas historias es crear un círculo de impunidad que permite que las hoy disidencias sigan reclutando, en la lógica de “si nada ha pasado, nada pasará”. No legitimemos, normalicemos, ni romanticemos la horrible práctica de robarle la vida a un niño para convertirlo en máquina de guerra.