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No, esta no es una columna para decirle a nadie por quién votar. No lo haré. No en un país donde opinar distinto dejó de ser una diferencia legítima y se convirtió, peligrosamente, en una etiqueta de enemigo. Colombia no solo está polarizada: está fracturada. Y en esa fractura, cada palabra puede ser interpretada como una provocación y cada postura como una declaración de guerra.
Por eso esta no es una columna sobre el 21 de junio. Es sobre el 22. Sobre el país que amanece después de las elecciones. Sobre la Colombia que queda cuando se apaguen los micrófonos de campaña, cuando paren los discursos encendidos y cuando ya no haya a quién culpar por lo que viene. Una Colombia, hay que decirlo sin rodeos, partida casi por la mitad.
¿Qué hacemos entonces con ese país? ¿Cómo apagamos los ánimos de estallido que se han venido incubando durante meses y los transformamos en una posibilidad de esperanza? ¿Cómo nos reconstruimos cuando nos hemos acostumbrado a mirarnos con sospecha, a descalificarnos con facilidad, a reducir al otro a una caricatura ideológica?
El verdadero desafío no es ganar una elección. Es gobernar un país herido. Y para eso hay que salir, de una vez por todas, del modo campaña. Colombia no resiste más promesas grandilocuentes ni enemigos imaginarios. Colombia exige respuestas concretas a problemas reales.
La crisis energética ya no es una advertencia lejana: es una posibilidad cada vez más cercana. ¿Estamos preparados para enfrentar un apagón que muchos expertos consideran inevitable si no se toman decisiones urgentes?
La crisis de la salud no se mide en cifras, se mide en vidas que se apagan esperando una atención que no llega. ¿Quién asume esa responsabilidad?
La seguridad dejó de ser una percepción para convertirse en una realidad agobiante. Hay territorios donde el Estado se desdibujó y donde los violentos volvieron a imponer sus reglas. El secuestro y la extorsión, que creíamos superados, regresaron como un eco doloroso del pasado.
Y mientras tanto, miles de jóvenes ven truncados sus sueños porque se quedaron sin acceso a créditos educativos. Historias silenciosas de frustración que también son una forma de violencia.
Ese es el país real. El que no cabe en un eslogan. Pero hay otro desafío, quizás más profundo, más complejo y menos visible: el de reconstruir el tejido social.
¿Cómo volvemos a mirar al vecino sin recelo? ¿Cómo dejamos de desacreditar al otro por pensar distinto? ¿Cómo entendemos, de una vez por todas, que incluso en la diferencia hay un propósito común?
Porque, aunque suene elemental, vale la pena recordarlo: todos queremos lo mismo. Un país seguro. Un país en paz. Un país donde nuestros hijos puedan crecer sin miedo.
El gobierno que se elija tendrá la responsabilidad de liderar ese proceso. Pero no podrá hacerlo solo. La reconciliación no es un decreto, es una decisión colectiva.
El 22 de junio no se acaba una campaña. Empieza algo mucho más difícil: reconstruir un país que, a pesar de todo, sigue teniendo razones para creer. Y tal vez ese sea el verdadero reto: entender que la democracia no se trata solo de votar, sino de aprender a convivir después de hacerlo.
Detrás de cada gol existe una enorme industria de entretenimiento en movimiento. Los derechos de transmisión, la publicidad, los patrocinios, las plataformas digitales, el turismo y el comercio asociado convierten al torneo en un motor económico global