Analistas

Creadores de sueños

Tuve recientemente la oportunidad de conocer TechShop, una cadena de talleres de oficios que permite a personas de cualquier nivel de formación usar herramientas industriales. La maquinaria incluye tornos, prensas, impresoras 3D, cortadoras láser y máquinas de coser entre otros. Realmente un paraíso para la creatividad. Los miembros pueden trabajar en sus proyectos, tomar cursos o apoyarse en expertos llamados “asesores de sueños”. 

Esta cadena responde directamente a la macrotendencia sociológica por hacer cosas con las manos, la apreciación por oficios de transformación. En el mundo digital de hoy en día, surgen permanentemente webmasters, desarrolladores digitales, coordinadores de redes, numerosas profesiones que no existían hace 15 años. La reacción como seres humanos es buscar experiencias y actividades que nos conecten al mundo real, productos únicos e imperfectos. 

Los artesanos eran un grupo importante en la sociedad en el siglo XVIII y XIX que con la revolución industrial poco a poco pasaron a formar parte del proletariado industrial y los procesos manuales se sustituyeron con maquinaria. 

Pero no han desaparecido del todo. En la industria de lujo aún hoy en día el vínculo de la marca con el oficio de tradición es necesario, más no suficiente, a la hora de construir legitimidad y conexión emocional con los clientes. Incluso sectores más industriales como los relojes finos, o los carros de lujo, exhiben detalles hechos a mano como despliegue de diseño en pro del placer y no netamente de la funcionalidad. También, el tener un taller de manufactura exalta la creatividad y la innovación dada la cercanía al material y al proceso de transformación. De ahí, que la relocalización del suministro generalmente salve un taller o fábrica en la sede de la marca.

En Francia, un artesano se define como una empresa o persona con menos de 10 empleados en una “actividad profesional independiente de producción, transformación, repa- ración o prestación de servicio”. Hay claros requisitos de formación y experiencia, tienen un régimen contributivo particular (diferente al de microempresas) y es uno de los motores de la economía francesa con más de tres millones de trabajadores. Pero más allá de las formalidades, en cada pueblo de la campiña francesa encontramos el panadero, el sastre o el quesero que exhiben con orgullo su título de maestro artesano en la pared. Vienen con frecuencia de familias de tradición en el oficio y cuentan con aprendices. Tienen un rol y lugar definidos en la estructura social de su comunidad y son vistos con respeto y admiración.

En Colombia nos enorgullecemos de nuestras artesanías y con justa razón. Ha habido enormes avances en cuanto a los productos locales hechos a mano. Se ha invertido en promover su creatividad y acceso a mercados nacionales e internacionales. En formación también hay iniciativas muy valiosas que no han dejado morir las artes y oficios más tradicionales. 

Las artesanías y los productos hechos a mano son medios de manutención y generación de empleo. El trabajo manual es además un gran diferenciador, especialmente al sumarlo con procesos industriales y materiales de última generación. Y ¡hacen patria! el toque de identidad convierte los productos en embajadores de virtudes nacionales.

Ante este potencial tan grande para nuestro país, hoy me pregunto con respecto al lugar que ocupa el artesano en nuestra sociedad y cómo es percibido. ¿Qué podemos hacer para que el carnicero, el panadero, el talabartero y el sastre sean respetados como un “doctor” o un empresario? Da tristeza ver cómo gente con destreza y conocimiento de oficios se dedica a tareas administrativas por falta de oportunidades. Conozco gente que ha dejado trabajos corporativos por dedicarse a oficios y, además de transformarse como seres humanos, realmente hacen magia con sus manos. Los oficios son cercanos a los valores de las nuevas generaciones, combinados con nuevas tecnologías ¡las posibilidades son infinitas!